domingo, 26 de diciembre de 2010

El Monumento a la Revolución, un sitio que vale la pena

Édgar Rogelio Reyes
En medio del clásico letargo tan propio de un 25 de diciembre y lidiando aún con los tímidos síntomas de una leve resaca, estaba plenamente convencido que el post del día de hoy continuaría con una serie de entradas que últimamente había estado publicando a cerca de las líneas aéreas.
Sin embargo, en medio de una de esas afortunadas lecturas de fin de semana con las que suelo matar el tiempo, caía en cuenta de que los que vivimos en esta ciudad (Ciudad de México), tenemos una enorme cantidad de lugares a los cuales acudir en estos días en los que se suele dar culto al ocio.
Uno de ellos es el Monumento a la Revolución, y antes de que alguno de ustedes amables lectores, (me refiero estrictamente a los mexicanos) vaya a poner el grito en el cielo por la “osadía que acabo de proferir”,  permítame subrayar que lo digo con conocimiento de causa.
Es cierto, durante años el Monumento a la Revolución fue un sitio olvidado que sucumbió al deterioro propio de tiempo, y en buena medida al olvido  en el que todos nosotros lo habíamos dejado. Sin embargo, con este proceso de remodelación al que fue sometido con motivo del Bicentenario (de las pocas cosas buenas que trajo esta tan criticada celebración) este sitio ha recobrado su imagen.
He de confesar que en todos los años que llevo viviendo en esta ciudad, jamás me había tomado el tiempo de caminar hasta el lugar y observarlo con detenimiento; me había limitado a dirigirle una que otra mirada indiferentey a verlo desde lejos.
No obstante cuando se haya uno cerca, es posible apreciar sus imponentes dimensiones y la belleza del trabajo con el cual fue construido; las calles aledañas han sido limpiadas y remozadas, dotándolo de un aspecto totalmente diferente que en verdad se disfruta, sobretodo de noche cuando comienza el espectáculo de Luz y Sonido que se creó expresamente para darle aún más vida.
La Plaza de la República,  nombre oficial de la plaza donde se encuentra el coloso, cuenta ahora con un conjunto de fuentes danzantes que se han convertido en muy poco tiempo en un gran atractivo sobre todo para los pequeños.
Hoy en día, el monumento cuenta con un elevador de cristal a través del cual es posible acceder a la parte alta de la edificación, donde fue construido un mirador que proporciona una de las mejores vistas panorámicas de la ciudad y donde según los planes se tiene previsto construir una cafetería.
Si cuentas con el tiempo, existe un recorrido guiado en el que se da cuenta de la historia de esta emblemática construcción, el cual puede ser un muy buen preambulo a un recorrido más completo por el Museo de la Revolució que se encuentra en el sótano del inmueble y el cual también fue sometido a un proceso de renovación que le ha valido una gran cantidad de nuevos visitantes.
Un poco de Historia
El actual Monumento a la Revolución fue originalmente concebido para ser la sede del Palacio Legislativo en tiempos del General Porfirio Díaz, como parte del programa de obras públicas que tenía planificadas su régimen y entre las que se incluyen el Edificio de Correos y el Palacio de Comunicaciones.
El 23 de septiembre de 1910, Díaz puso en marcha las obras del Palacio, sólo uno par de meses antes del estallido del movimiento armado en que a la postre lo derrocaría. El proyecto original estaba a cargo  del arquitecto Emile Bernard, quien pretende continuar con es estilo clásico del renacimiento francés que se habías adoptado en una buena parte de los edificios de la ciudad y  tanto gustaba al presidente.

Los planos originales incluían para el palacio, una enorme cúpula (la cual permanece hasta nuestro días) una fachada de mármol y acabados en ónix, sin embargo, con el estallido del movimiento revolucionario se interrumpieron los trabajos y no fue sino hasta terminada la revuelta que el arquitecto Carlos Obregón retomó el proyecto en 1933, pero esta vez para dar vida a un monumento que conmemorara la grandeza y la fuerza de la Revolución.
Fue así que el 20 de noviembre 1938, durante el vigésimo aniversario del movimiento, este enorme coloso fue inaugurado oficialmente para beneplácito del nuevo régimen que gobernaría México durante un período mucho mayor de lo que Díaz lo hizo.  




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