lunes, 28 de febrero de 2011

Torres del Paine, el espectáculo de la Patagonia Chilena

Édgar Rogelio Reyes
Alguna vez escuché a un hombre ya mayor, decir que el riesgo de viajar mucho es que puedes perder la capacidad de asombro, sin embargo, existen muchos lugares en el mundo que se encargan de echar por tierra esta teoría y de recordarnos que, afortunadamente, perder la capacidad de asombro no es una facultad que se nos haya  conferido a los seres humanos.
Postrado sobre mis rodillas intento infructuosamente recuperar el aliento, pero  el aire helado que se cuela por mi boca y que hiere mi garganta, me impide hacerme del suficiente oxígeno que me ayude a recobrar las fuerzas. He quedado en estas circunstancias gracias a mi insensatez, la cual me hizo pensar que sería divertido retar la fuerza de la naturaleza e intentar vencer las ráfagas de viento que en este lugar pueden alcanzar los cien kilómetros por hora.
 Levanto poco a poco la cabeza, olvidando por un momento mi penosa tarea y me concentro en la imagen que está frente a mí. Un inmenso trozo de hielo que flota casi a la orilla de la bahía y que atrae la atención de todas y cada una de las personas que nos encontramos allí,  no importando que sea necesario hacer alarde de equilibrio y fuerza para permanecer  erguidos.
 Esa colosal masa de agua congelada, de un azul tan intenso que perturba, es sólo un pedazo del glaciar. Dicen los científicos que ese espectacular tono celeste es provocado por la descomposición de la luz al pasar por el prisma en el que se convierte el hielo.
Lo que resulta increíble, es cómo una masa inerte de hielo de caprichosas y desiguales formas puede llegar a convertirse en algo tan estético y sublime cuando se encuentra en el contexto correcto.
Espectáculos que maravillan
Son las tres y treinta de la tarde y nos encontramos a las orillas del lago Grey, justo frente al glaciar que lleva el mismo nombre y que desde hace muchos años se ha convertido en una de las más grandes atracciones turísticas del Parque Nacional Torres del Paine, en la Patagonia Chilena.
Súbitamente, un pequeño golpe en la mejilla, como el piquete de una abeja, me hace salir por un segundo de mis pensamientos, pero lo único que logra es que me concentre más en el entorno y es que este no es un lugar común.
La ribera del lago Grey conserva aún ese profundo color grisáceo, casi negro que la hace parecer más una cantera que una playa, como si sus orígenes se remontaran a una gran explosión volcánica que dejó sus huellas por todos lados. Tanto, que es difícil hablar de arena, y quizá la descripción más acertada sería la de un grueso polvo de roca en el que aún se hayan miles de pequeños pedazos de fina grava, los cuales, al ser levantados por los furiosos vientos, se impactan en el rostro dando la sensación de estar a merced de un ataque de finas agujas.
A lo lejos, la imagen de otro turista que se haya mucho más cerca que yo de la orilla, da cuenta de la enormidad de aquel bloque de hielo y lo diminutos que nos vemos los hombres ante tales espectáculos.
En un segundo plano, el macizo glaciar se levanta imponente con toda su magnificencia y su placidez, haciendo gala de una conjunción de colores que lo hace parecer un cuadro pintado intencionalmente con vívidos colores y no una imagen real.
Es esto precisamente a lo que me refiero cuando digo que la belleza la crea el contexto; ese marcado contraste del negro de la ribera con el azul intenso del glaciar. La furia del viento que te doblega y que hace caer; el frio que entume las manos, y el sonido de las tímidas olas que golpean finamente la orilla antes de desaparecer, es lo que confiere a este lugar el encanto del que hablo.
 La seducción celeste del Paine
Pero quizá esta es una de las cosas que caracteriza a toda esta región. El Parque Nacional Torres del Paine, que nació como tal en el año de 1959 y que es considerado Reserva Mundial de la Biósfera por la ONU, es una inmensa extensión de más de 242 mil hectáreas de terreno, en donde se conjuntan impresionantes montañas, glaciares y lagos de mansas aguas color azul turquesa, en medio de bosques y planicies que han despertado la imaginación de miles.
Para acceder a él existen tres caminos; el que se conoce como Portería Sarmiento, así como las entradas de Laguna Amarga y Laguna Azul, cada uno de los cuales tiene diferentes encantos. Sin embargo, desde la carretera que te lleva al acceso de Laguna Amarga, es común que todas las caravanas hagan un alto en el camino para apreciar desde lejos la majestuosidad de lo que propiamente son las Torres del Paine.
Un conjunto de montañas de granito, plagadas de depresiones y salientes escarpadas entre las que sobresalen las conocidas como “Los Cuernos del Pine”.  Aunque más allá de la belleza de tan única cordillera, en su conjunto, la Patagonia es un lugar impresionante en muchos sentidos.
Trayectos de carretera que parecen no tener fin, en los que observas sólo interminables kilómetros de pastizal en donde no existe más cosa que el horizonte y donde aparentemente no es posible encontrar más nada que viento y tierra.
Y de pronto, un lugar como el Paine con su contrastante vegetación, sus manadas de guanacos pastando libres entre la llanura, ñandús despistados que caminan sin rumbo, y hasta un tímido zorro que se esconde de la presencia humana de tras de un pequeño arbusto. O bien, lagunas de miles de años de antigüedad que se convierten en un paraíso de investigación para los científicos, por las peculiares características que aún conservan.

La Patagonia y muy particularmente Torres del Paine, es uno de eso lugares que creías que no existían y que son capaces de sobrepasar los límites de tu imaginación; puentes colgantes, cascadas, ríos y lagos que sólo podrían haber sobrevivido en esta región tan austral del continente.
Súbitamente, como esa piedra que te hace caer en un sueño, una voz cálida que me pregunta si me encuentro bien y me hace salir automáticamente de mi abstracción. Ya con un poco más de fuerzas me incorporo lentamente sin dejar de observar la imagen del glaciar y recuerdo que, según la explicación del guía, Paine es una voz de la lengua mapuche que significa “celeste”, quizá por toda la presencia y significado que tiene este color en los paisajes y bellezas que puedes admirar en este lugar.
Lo cierto es que, bastan sólo cinco minutos para recuperar el aliento, pero también para convencerte de que siempre habrá algo que te volverá a despertar la capacidad de asombro y que hay teorías que es muy fácil desacreditar. Es hora de tomar un pisco y comenzar el camino de regreso.

¿Cómo llegar?  
Para llegar a Torres del Paine es necesario tomar un vuelo de Santiago hasta Punta Arenas y después una recorrido por carretera de poco más de tres horas hasta Puerto Natales y posteriormente una hora y media de Puerto Natales al Paine por carretera.
Para todo el año
El Parque Nacional Torres del Paine está abierto todo el año, sus principales accesos se encuentra aproximadamente a 115 kilómetros del Puerto Natales y sus horarios son de 8:30 de la mañana a 8:30 de la noche.


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