domingo, 6 de marzo de 2011

Antigua, la ciudad que se negó a desaparecer

Édgar Rogelio Reyes
De madrugada, con mi propia sombra por único acompañante y las voces de los últimos trasnochados perdiéndose a lo lejos, emprendo el camino de regreso al hotel. Ensimismado en mis pensamientos y con la mirada perdida en la desolada avenida empedrada que se extiende ante mi, camino sin conciencia hasta que el sonido de mis pasos me regresa a la realidad.
La nitidez con la que se escucha mi andar, es lo único que se percibe a cientos de metros; no existe el ruido de los motores, ni de puertas que se abren y se cierran, no hay música, ni conversaciones, no hay nada que rompa con el silencio extremo.
Levanto la vista y observo, no parece existir nadie más en toda la ciudad y es cuando mis recuerdos se concentran en los detalles. Esta es una imagen de Antigua a la que pocos están acostumbrados, una imagen que contrasta con la vibrante dinámica que ésta casi mítica ciudad experimenta en las horas del día.
La tenue luz del alumbrado público, permite aún, aunque con un poco de dificultad, percibir los pálidos colores de cada una de las fachadas que flanquean los extremos de la calle. Los balcones enrejados lucen nostálgicos y la escena parece la de un pueblo recientemente abandonado.
 Me pregunto qué ha pasado con toda aquella gente que en el día e incluso en las primeras horas de la noche inunda literalmente las calles convirtiendo esta avenida en un auténtico mercado, en un pueblo de novela.
Qué ha pasado con los cientos de turistas que deambulan maravillados observando la arquitectura y su intenso conjunto de colores, azules, naranjas, rojos, amarillos, qué ha pasado con todas las indígenas que recorren las calles en busca de clientela y se acercan a ti para ofrecerte manteles, bufandas, faldas o cualquier tipo de artículo creado por ellas mismas.
Dónde están todas esas mujeres que caminan despreocupadas pero orgullosas portando sus trajes típicos de finos bordados, atrayendo a su paso la mirada de muchas europeas que las observan con la atención que se vira lo desconocido. Qué ha pasado con el bullicio, con el color, con las conversaciones en español y maya que es posible escuchar con tan sólo afinar un poco el oído.
No es que haya pasado nada inusual, es tan sólo que ésta también es parte de la dinámica normal de Antigua. Ahora duerme profundamente, para en unas horas, volver a dar paso a esa aglomeración de personas que se juntan por miles y le dan vida.
Ésta que ahora es conocida como Antigua, pero cuyo  nombre oficial es Santiago de los Caballeros de Guatemala, es una ciudad que siempre se ha negado a morir a pesar de todas las vicisitudes (cuéntese entre ellas, el abandono, las inundaciones y los terremotos).
De hecho, si se hace un repaso por su historia, Antigua parece haber estado condenada a desaparecer a pesar de ostentar el titulo de capital del país por algunos años. No obstante, por esas cosas que tiene el destino, esta urbe fundada en 1542 sobrevivió no sólo a tragedias, sino también a las devastadoras consecuencias que trajo consigo el hecho de que la corona española decidiera trasladar la capital a otro lugar.
Años de abandono no fueron suficientes para robarle la belleza y grandeza que durante siglos ostentó y que la convirtieron en una de las ciudades más hermosas e afamadas de toda América.
Una belleza que se basa principalmente en su arquitectura barroca, la cual se conservó a lo largo del tiempo, pero también en su multiculturalidad, en una modernidad que se ha negado a adoptar, pero especialmente en ese aire entre rural y urbano que aún conserva y que tanto deleita a sus visitantes.
Sus calles totalmente empedradas, los balcones e incluso las ruinas de los antiguos conventos que en su momento albergaron a varias órdenes religiosas encargadas de la evangelización, parecen conservar la suntuosidad que  los caracterizó en otros tiempos.
Pareciera ser que Antigua y sus habitantes están conscientes de lo que son, del pasado y la herencia que acumulan, y por ello, tanto la ciudad como las personas que la habitan, tienen ese aire de orgullo del que se sabe admirado por todos.
Sigo escuchando el sonido de mis pies al andar, cuento los pasos, deambulo lentamente, doy vuelta y retrocedo, sigue sin haber nadie, sólo el ladrido de un perro que se pierde a lo lejos y me devuelve mi soledad, no hay ni un alma, o mejor dicho, pareciera que esta es la hora en donde sólo las almas de los antiguos pobladores regresan a tomar posesión de la que también fue su ciudad.
De hecho, Antigua es una ciudad que se quedó detenida en el tiempo, pero que tiene esa atmósfera que hace poder imaginar y soñar, que invita a caminar y recorrerla toda hasta el más recóndito callejón, ante la posibilidad de encontrar una nueva sorpresa, una iglesia, un ex convento, una carreta o simplemente la mirada extraviada de una mujer indígena que camina hacia ti, teniendo detrás todo ese colorido escenario en donde el sol pareciera avivar cada tono, cada sombra, cada rincón.
Sentarse en un café a disfrutar del simple hecho de ver transitar a las personas, y por qué no, de comenzar una conversación con un  desconocido, es otra de esas amables diferencias que aún se pueden encontrar aquí. Porque entre otras cosas, Antigua parece tener la virtud de acoger a gente buena.
Ahora que todo lo domina la oscuridad y nadie más comparte este espacio, recordaba la imagen de esta misma calle unas horas atrás, plagada de personas que caminan por debajo del enorme arco que alguna vez debió de hacer las veces de entrada a la ciudad, y detrás de todo, la silueta del Volcán del Agua que se erige como eterno centinela de una ciudad de la cual seguramente se ha enamorado.       
Habiéndome acostumbrado al silencio de la noche y la tan peculiar atmósfera, continúo hasta la plaza principal donde se encuentra la catedral y el palacio municipal, me siento en una banca y hago lo único que se puede hacer en este lugar a esta hora de la madrugada, escuchar el correr del agua de la fuente.
No sé si con el ánimo de no sentirme solo o simplemente porque la memoria en ocasiones hace ese tipo de cosas, pero recreo la imagen de esta misma plaza de día, con los  carros tirados por caballos, el  grupo de música andina tocando, los turistas tomando fotos y los adolescentes corriendo y riendo después de haber hecho alguna pequeña travesura.
También está la imagen de aquella pequeña niña vestida con su traje típico y una sonrisa pícara que despierta la admiración de más de alguno por su candidez y naturalidad, pero bueno, quizá una escena muy parecida se presentará mañana.
Lo cierto es que, luego de conocer este lugar, entiendes el por qué de tantos halagos, tantas crónicas y tantas buenas recomendaciones, y entiendes también, el por qué ésta es una ciudad que siempre se negó a morir.
Por lo pronto, cierro los ojos y doy gracias al destino por haberme permitido conocer tan bello y singular lugar, pero sobre todo, le doy gracias por la oportunidad de poder hacer a Antigua totalmente mía, aunque haya sido sólo por una noche.
Detalles
Aunque su nombre oficial no es Antigua, los guatemaltecos comenzaron a llamarla popularmente de este modo, luego de que la corona española trasladara la capital al valle de Ermita, provocando con ello que esta ciudad de convirtiera en “la antigua Guatemala” nombre con el que se le conoce hasta la fecha. 
Antigua es considerada como patrimonio cultural de la Humanidad desde 1979 por la UNESCO.
Esta ciudad centroamericana es famosa en Semana Santa por las procesiones y los ritos religiosos que se llevan a cabo en esta temporada, cardados de una profunda fe y simbolismo.
Si visitas Antigua no dejes de acudir al museo de Santo Domingo y en especial al Museo VIGUA del vidrio.

Dóde Comer
De la misma manera como pasa con el resto del país, en donde existen ya una buena variedad de restaurantes de calidad, en Antigua tienes la posibilidad de elegir entre varias excelentes opciones, dos de nuestras recomendaciones son: el restaurante del hotel Antigua Casa de Santo Domingo y El comedor del Hotel Palacio de Doña Leonor.
Dónde Hospedarse
En Antigua no existen los hoteles de cadena, pero en su lugar han prosperado un gran número de hoteles boutique de muy buena calidad, que por sí solos son toda una experiencia,  viejas casa coloniales rehabilitadas, tranquilas y acogedoras, son las modernas estancias de turistas.
En este caso te recomendamos tomar muy en cuenta, el hotel Palacio de Doña Leonor, la Antigua Casa de Santo Domingo, así como Casa Encantada.


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