viernes, 18 de marzo de 2011

Cuitzeo la imagen de un Pueblo Mágico


Édgar Rogelio Reyes * Cuitzeo

Desde la orilla de la carretera, el enorme lago parece no tener fin. No importa cuánto se avance, da la impresión de que el agua se hubiera obstinado en ser una perpetua compañera de viaje, cuyo único propósito es asombrar a los viajeros, quienes incrédulos sólo son capaces de maravillarse ante la belleza de uno de los paisajes más emblemáticos del estado de Michoacán: el lago de Cuitzeo.

El pueblo de Cuitzeo es uno de esos lugares con aroma a nostalgia, uno de esos antiguos sitios que en la mente de muchos parecen sobrevivir sólo al evocar aquellas películas de los años 50, en donde el México rural era el tema recurrente, plagadas de paisajes y escenas de la vida cotidiana, de un país que se niega a desaparecer. 
 
Aquí, aún es posible observar esas viejas escenas, en donde los pescadores embarcados en diminutas lanchas esperan pacientes el momento de recoger las redes que contienen la recompensa a todos sus esfuerzos, no obstante que el destino se empeña en hacer esta tarea cada día más complicada.

Sabedores que los peces son menos cada vez, estos afanosos hombres se convierten así en nostálgicos pescadores de recuerdos, cuyas siluetas cada vez más dispersas la una de la otra, se pierden entre la inmensidad del lago, de la misma forma en que lo hace un sueño que está a punto de terminar. 

De pronto, aparece ante la vista un enorme puente que corta en dos el antiguo lago y que sirve como unión entre el pueblo de Cuitzeo y el otro extremo de aquella aparentemente interminable masa de agua dulce; a lo lejos, la estructura se extiende como una delgada línea recta, en cuyo final los sentidos se pierden, atraídos por la belleza del paisaje.

En el horizonte, el pulcro blanco de las nubes que se forman en el cielo rompe con la uniformidad de ese azul interminable, en el que la silueta de un cerro plagado de tonos verdes completa la visión de uno de esos paisajes que todavía es posible admirar en estas tierras michoacanas. 

Al descender de la camioneta, ya en el pueblo, basta dar sólo algunos pasos entre aquellas viejas callejuelas para respirar el aroma de un lugar diferente, el aroma de los viejos pueblos. Pequeños, acogedores y llenos de rincones con historia, aquí no se respiran esos aires de modernidad que parecen estar restringidos únicamente a la capital del estado, no existen las pretensiones y la vida tiene otro significado.

Lugar con olor a corundas y a pan recién horneado, pequeñas plazas abarrotadas por los puestos del mercado que se reúnen los domingos y donde se ofrecen todo tipo de productos, muchos de los cuales son traídos por las personas que viven fuera del lugar. Allí, los rostros de mujeres de todas las edades abundan; casi no hay hombres, y cuando se le pregunta a alguna de ellas el porqué, la respuesta es muy predecible: “están del otro lado” (Estados Unidos).

En estos sitios la vida parece transcurrir más lenta, todos se conocen y en la calle todavía existe el espacio para los “buenos días”, una frase que aquí se convierte en el pretexto perfecto para entablar largas conversaciones debajo del quicio de alguna puerta. Es domingo, no son más allá de las diez de la mañana, y no es difícil ver a alguna apurada transeúnte tratando de rescatar los últimos restos del pan de día, que para esta hora ya ha volado.

En la iglesia, uno de los lugares que al menos hoy parece ser uno de los más concurridos, grupos de ancianos se sientan en las bancas situadas fuera del atrio a tomar el sol y a dejar pasar el tiempo. Platican de los días en los que a su juicio este lugar era mejor, y también pasan largos ratos en silencio, pues para ellos hablar no es un requisito indispensable; para estar acompañados, basta con la simple cercanía.  
Esa eterna calma que pareciera pertenecerles sólo a ellos, se rompe súbitamente con la interminable gritería y las risas de decenas de niños que se congregan justo en la puerta de la iglesia.

Es domingo de bautizos y todos saben lo que eso significa. Formando un pequeño clan, esperan ansiosos la salida del siguiente padrino quien por norma está obligado a repartir una abundante cantidad de dulces y monedas sólo para ellos.     

Justo a un lado de la iglesia se encuentra el ex convento de Santa María Magdalena, el más importante atractivo turístico de Cuitzeo, junto con su lago. Fundado alrededor de 1550, éste fue el quinto convento que la orden de los agustinos estableció en el estado, una impresionante edificación que sirvió como hogar a los frailes que comenzaron la evangelización de este lugar.

En él se conservan además de muchos otros materiales de la época, la sillería del siglo XVII utilizada por los frailes durante sus reuniones, así como un órgano de época posterior que ha sido restaurado y que hoy en día es utilizado en algunas celebraciones del pueblo, y también durante los festejos del Festival Internacional de Órgano que se lleva a cabo anualmente en la ciudad de Morelia.

A decir de los expertos, el edificio está compuesto por el atrio del templo, una capilla abierta, una portería, el claustro y una huerta; sin embargo, más allá de las especificaciones técnicas, esta edificación sorprende por su belleza arquitectónica y lo perfectamente conservado de su estructura, en donde se aprecian restos de la pintura original que adornaba el lugar, así como las celdas que servían de dormitorio a los frailes, el comedor, la huerta, los patios y pasillos que conforman el conjunto.

Ante tal magnificencia arquitectónica, no es difícil dejar volar la imaginación para tratar de elucubrar la forma en como estos hombres vivían, sus gustos, sus aficiones, los pensamientos que los ocupaban, regidos por las estrictas reglas de una orden religiosa en el siglo XVI.

Aunque la mayoría del templo se encuentra en restauración, en su planta baja es posible apreciar un conjunto de óleos denominados la Flagelación del Señor y la Purísima Concepción. Igualmente, los salones que en un momento sirvieron como locutorio, conservan restos de la pintura original cuyo estado de conservación sorprende.

Este convento es una de las joyas arquitectónicas de todo Michoacán y aun cuando hace falta mucho trabajo para rehabilitarlo totalmente, el lugar aún conserva ese aire de grandeza que experimentó en otros tiempos y que hoy se han convertido sólo en aires de recuerdo y nostalgia.     

 Para no olvidar
* A partir de noviembre pasado, Cuitzeo fue incorporado al programa Pueblos Mágicos, de la Secretaría de Turismo. Con ello se espera que este destino reciba recursos para su mejoramiento en general, así como para desarrollar infraestructura turística de mejor calidad.
* Con esta declaratoria son ya tres los pueblos de Michoacán pertenecientes a este programa impulsado por Sectur: Pátzcuaro, Tlalpujahua y Cuitzeo, los cuales se suman a otros 27 que se encuentran repartidos en todo el país.
* El lago de Cuitzeo está considerado como el segundo más grande de la república mexicana, sólo después del de Chapala, en Jalisco, y aunque su profundidad no es considerable, su extensión se calcula en la actualidad en 378 kilómetros.

Detalles Prácticos

* Cuitzeo se ubica a 36 kilómetros de Morelia, y es posible llegar hasta ahí tomando la carretera 43 que va a Salamanca. Para quien no cuente con automóvil, existen servicios de autobuses que parten de la central camionera moreliana.

* Para quienes tengan pensado hacer una vista al ex convento de Santa María Magdalena, es conveniente tomar en cuenta que los horarios de visita son de lunes a sábado, de 10:00 a 18:00 horas y los domingos de 10:00 a 17:00 horas.

* Existen servicios de visitas guiadas tanto a grupos de turistas como a escuelas y su cuota de ingreso es de cinco pesos: para jubilados, pensionados y mayores de 60 años la entrada es libre.
 
* Cada año, durante diciembre, Cuitzeo celebra su concierto de Navidad anual con la participación de diversos grupos que tocan temas referentes a esta época, teniendo como escenario el convento de Santa María Magdalena.



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