lunes, 14 de marzo de 2011

El Museo del Holocausto en Berlín

Édgar Rogelio Reyes.

Del otro lado de la avenida, aquel extenso conjunto de bloques de piedra no hacen más que atraer todas las miradas, el uniforme resplandor de luz que se refracta sobre su superficie, provoca que hasta los pensamientos más extraviados vuelvan abruptamente y la cadencia del andar disminuya paulatinamente hasta desaparecer en seco.

Inevitablemente, la curiosidad aparece engendrada por la necesidad de saber qué es toda aquella interminable sucesión asimétrica de bloques de concreto, que se extiende por varias manzanas justo en el corazón de Berlín. Como nosotros, varios más hacen un alto en su camino y deciden cambiar de trayectoria, atraídos por los incontables bloques, que a lo lejos, dan la impresión de ser un conjunto de miles de figuras cúbicas que varían caprichosamente de tamaño.

Al llegar a uno de sus costados, es fácil advertir que no existe uniformidad alguna en el tamaño de eso miles de bloques, los cuales se suceden uno a uno, hasta formar un interminable laberinto de estructuras de hormigón color gris, en los que extraviarse es la tarea menos complicada.

Es el monumento al holocausto, un recuerdo a las víctimas judías desaparecidas durante la Segunda Guerra Mundial, que se edificó en la capital germana para conmemorar aquel trágico suceso. Obra del arquitecto norteamericano Peter Eisenman, este conjunto fue inaugurado el 10 de mayo de 2005 y a decir del mismo Eisenman, pretende ser un espacio para la reflexión, no sólo del pasado sino también del futuro.

Ubicado muy cerca de la famosa puerta de Brandemburgo y de lo que en su tiempo fuera el bunker de Adolfo Hitler, esta monumental edificación se extiende a lo largo de 19 mil metros cuadrados, formando un enorme conjunto de 2,711 columnas de hormigón, que yacen inertes para la contemplación del visitante, el cual por momentos, puede llegar se siente rebasado por la  sensación de interminable continuidad que se experimenta al andar por sus pasillos.

Pero este lugar no sólo se limita a ser un monumento, ya entre sus cimientos, existe lo que quizá sea la parte más atrayente e interesante del lugar, un museo de la historia del Holocausto.

Un lugar que desde su entrada atrapa la curiosidad de los cientos de visitantes que diariamente forman largas filas detrás de las estrechas puertas de acceso, para conocer más de cerca algunas de las más estremecedoras historias de las que fueron protagonistas decenas de miles de judíos que perecieron durante ese trágico episodio de la historia.

Fotografías, cartas, relatos, ilustraciones, un sin número de testimonios desgarradores, que hielan la sangre y provocan un nudo en la garganta; sólo un pequeño ejemplo de todo lo que sucedió durante aquel reducido periodo de doce años, desde la ascensión del nazismo al poder en 1933 hasta su caída en 1945.

A la entrada, una recopilación pormenorizada de los acontecimientos más importantes que dieron lugar a ese trágico acontecimiento, prepara a los visitantes para todo aquello que los espera a lo largo de las salas siguientes y, de esa manera, comienza un recorrido a por la historia de decenas de vidas que tuvieron el infortunio de perecer durante esos años.    

Un espacio especial ocupa el destinado a recordar los nombres de de las víctimas y a lo que muchos llaman “la geografía de la muerte” una sala donde se muestra la localización de los más importantes campos de exterminio que se encontraban distribuidos en varios países, datos que por sus frialdad y crudeza provocan inevitablemente la reflexión.

Aunque sus edificación estuvo rodeada por múltiples polémicas que retrazaron por muchos años su inicio, e incluso pusieron en entre dicho su realización, hoy en día, hoy en día el monumento al Holocausto se ha convertido en un símbolo de la ciudad de Berlín y de la historia de la humanidad que resulta difícil dejar de visitar. 
     


                     

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