lunes, 28 de marzo de 2011

Nottoway uno de los grandes castillos de Norteamérica


Pasar una noche en esta antigua mansión llena de historia y leyendas, recorriendo sus pasillos y escudriñando sus rincones en busca de detalles, es una experiencia que ningún buen viajero debe perderse
Édgar Rogelio Reyes
Bien dicen que hoy en día, la experiencia de viajar comienza desde la llegada al hotel y definitivamente existen lugares donde esto se cumple. Entre la casi interminable variedad de sitios que podemos encontrar para alojarnos, aquellos que entran en la categoría de “históricos”, ocupan un lugar especial en las preferencias de los viajeros experimentados y de aquellos que gustan de tener nuevas sensaciones y vivencias.
Sitios que por si solos se convierten en un atractivo y un lugar para visitar, independientemente de su calidad de hoteles. Lugares de los cuales se cuentan leyendas y anécdotas, muchas reales, otras inventadas, pero que tienen ese valor intangible que les confiere su historia y que los hace extremadamente atractivos para muchas personas.
Tal es el caso de Nottoway, una antigua plantación de azúcar ubicada en el poblado de White Castle, Luisiana, a menos de una hora de camino de la ciudad de Nueva Orleans. Esta antigua propiedad de mediados del siglo XVIII, hoy en día funciona como alojamiento de turistas, debido a que conserva una de las más bellas e impresionantes mansiones de la época de la Guerra de Secesión norteamericana.
Una edificación cuya descripción más acertada sería quizá la de palacete y no la de mansión, no sólo por sus dimensiones, sino por su elegancia lujo y opulencia; un pequeño palacio que por su exquisitez y refinamiento, remite de inmediato más a Europa que a Norteamérica. De ahí el porqué, no resulta extraño que Nottoway forme parte de lo que muchos en esta región hoy llaman los “castillos norteamericanos”.
 Un lugar que cautiva desde el mismo momento en el que cruzas su entrada principal, no sólo por su arquitectura “estilo italiano”, sino por la atmósfera que aún conserva; una atmósfera que automáticamente te remonta a aquellos años de gloria y opulencia, pero también de turbulentos y profundos cambios políticos y culturales.
De finas y estilizadas formas, amplios balcones, pisos de madera, altos techos, chimeneas de mármol italiano, candelabros y mobiliario franceses, escaleras que parecen interminables y estancias que podrían albergar a decenas de personas, esta mansión es además de un hotel, un auténtico museo que hace volar la imaginación a cada paso y en cada uno de sus cientos de rincones.
Una vez traspasado el umbral de su pórtico principal, la imagen de aquella portentosa edificación rodeada de jardines, se expande majestuosa con su inmaculado color blanco, sus escaleras a los costados y sus grandes ventanales, hasta atrapar por completo la atención de todos y cada uno de sus visitantes. Quizá el referente más exacto para que alguien pueda darse una muy cercana idea de cómo luce este lugar, es aquella famosa película de “Lo que el Viento se Llevo”.

Una antigua finca productora de algodón ubicada a la orilla del Río Misisispi, con sus cabañas para los esclavos, una cocina fuera del la casa principal y hasta una pequeña escuela completan la un escenario auténticamente de película.
Un poco de Historia
Construida en 1859 por un rico hombre de negocios de nombre John Hampton Randolph a un precio de 80 mil dólares, esta propiedad fue incluida en el registro Nacional Edificios Históricos de los Estados Unidos en el año de 1980. En sus 4,900 metros cuadrados de constricción cuenta con  65 habitaciones y 200 ventanas repartidas en tres niveles.
Un estudio para caballeros, una sala de música, comedor, salón de baile y varias estancias, conforman la distribución de esta que es una de las propiedades mejor conservadas de todas las que existen en el área de Luisiana y que comparten la gloria de un tiempo casi  “aristocrático”  del que gozaban sólo un pequeño número de familias estadounidenses de la época.
Nottoway es  uno de los más claros ejemplos de la bonanza económica que esta región vivió, desde principios del siglo XVIII, a partir del comercio del algodón y la caña de azúcar, una bonanza que sólo termino con el final de la guerra entre el norte y el sur.
De hecho, una vez finalizadas las hostilidades, y con el triunfo del ejército de la Unión, John Randolph se vio en la necesidad de disculparse personalmente con el presidente Andrew Johnson, en busca de perdón por haber brindado apoyo al bando Confederado.  
Es por eso y muchas otras cosas, que Notttoway es uno de esos lugares mezcla de cuento de hadas e historia, que a no ser porque el destino se encaprichó en mantenerla en pie a pesar del tiempo y las vicisitudes, difícil sería siquiera imaginarla.
Pasar una noche en este antiguo castillo norteamericano, escuchando el silbar del tren que corre a sólo unos kilómetros, el crujir de la madera de sus pisos bajo tus pies, pasear entre sus corredores y repasar sus leyendas, es una experiencia que un buen viajero no puede perderse.  
Detalles
Además de su excepcional arquitectura, la mansión Nottoway era un ejemplo de vanguardia en su tiempo desde el punto de vista de ingeniería y diseño, pues contaba con agua corriente caliente y fría en cada uno de sus tres baños.
Además, cada una de las habitaciones principales contaba con un intrincado sistema de comunicación a través de campanas conectadas a palancas, con las cuales, cada uno de los miembros de la familia podía llamar a sus propios esclavos.
Las campanas, todas de diferentes tamaños, emitían diferentes sonidos por medio de los cuales cada sirviente podía distinguir si alguno de los señores, o uno de sus 11 hijos, necesitaba de asistencia y así acudir en su ayuda.
Si tienes oportunidad de visitar este lugar no olvides pasar un tiempo en el Salón Blanco, uno de las más impresionantes habitaciones de toda la casa, no sólo por sus dimensiones sino también por su elegancia. Era aquí donde se llevaban a cabo las grandes fiestas de la familia y las presentaciones en sociedad de todas las hijas del matrimonio Randolph, así como sus bodas.

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