lunes, 21 de marzo de 2011

Viajes son también realidades

Édgar Rogelio Reyes
En esos ratos de ocio, de esos que abundan en un día festivo, miraba la computadora tratando de encontrar algunas fotos para un artículo que tengo que escribir y me encontré por casualidad con una imagen que tenía olvidada en el archivo de los recuerdos.
La imagen es la de una anciana guatemalteca, arrodillada en el atrio de un templo en Chihicastenango, (Guatemala) durante uno de los múltiples días en los que se celebran procesiones en este pequeño poblado centroamericano.
Con el brazo estirado en espera de la caridad de alguna alma piadosa que se condoliera de su situación, la mujer miraba una y otra vez el ir y venir de los cientos de visitantes que pasaban justo frente a ella sin siquiera mirarla, con la misma resignación de los condenados, sin hablar, ni emitir sonido alguno; sólo acompañando el apresurado andar de los que se iban  en busca de nuevos lugares que visitar.
Esta es una de esas imágenes que tomas no sin un cierto dejo de duda y estremecimiento al cuestionarte si debes o no hacerlo, pues por un lado es permanecer estático ante la desgracia ajena y por el otro se encuentra el deseo de captar una realidad que resulta inobjetable.
Todo esto viene a colación porque esta imagen fue tomada durante mi más reciente viaje a Guatemala y al verla de nuevo, caía en cuenta que esto de viajar no es sólo lo que muchos piensan a cerca hablar únicamente de hoteles de lujo y restaurantes caros.
Viajar, el realmente viajar, implica mucho más que sólo aquello que muchos llaman “Leisure”, implica caminar y perderse entre las calles, observar y estar expuesto a lo que hay más allá de los centros turísticos, más allá escenarios creados para el placer y las escenografías que el turismo nos tiene acostumbrados.
Viajar es también reflexionar, conmoverse, dudar, enfrentarse a otras realidades diferentes a la tuya que hacen que tu mundo se expanda con cada nuevo destino encontrado, es disfrutar pero también  recordar.
Viajar implica conocer realidades y desventuras, tener contacto con el mundo real y no sólo con el oropel.  Y no es que critique esa otra parte del turismo que también tiene sus cosas buenas.
Esta reflexión va quizá más dirigida a todos aquellos que nos dedicamos a escribir sobre turismo, a cerca de la importancia de no perder de vista que lo bello que viajar no sólo es la parte bonita y encantadora de los destinos.
Es también la realidad que refleja el rostro de una anciana centroamericana, la sonrisa de un niño africano o las esperanzas de una mujer indígena de la selva chiapaneca.
Hoy que está tan de moda hacer del turismo una actividad sustentable, no estaría de más recordar que aún falta mucho por hacer.



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