lunes, 6 de junio de 2011

El Floridita, un espejismo nostálgico de la Habana

Édgar Rogelio Reyes
Sentado en la barra, con una copa de daiquirí de fresa en la mano, pierdo algunos minutos observando la puerta del bar. Aquella estrecha y eternamente custodiada entrada, se abre presta para permitir el paso de los turistas, (siempre y cuando estos no tengan aspecto ni acento cubanos) acompañada de un lacónico “buenas tardes” que expresa el guardia de seguridad, como tratando de invitar a pasar a los curiosos.
Aquellos que llegaron hasta aquí atraídos por la prácticamente inagotable fama del lugar, entran un tanto extrañados, incrédulos; como si no pudieran creer que por fin se encuentran en el mítico lugar donde se dice que Ernest Hemingway pasó tantas y tantas tardes, aquel mítico lugar refugio de escritores y bohemios que tuvo sus años de mayor esplendor antes del triunfo de la Revolución.
Ahora, a más de 50 años del aquel triunfo, este lugar se ha convertido más que en un bar en un verdadero atractivo turístico de la Habana. Ya dentro, las notas de un son cubano interpretado por el trío que se encarga de amenizar las tardes, sirve de fondo para lo bien podría ser el perfecto escenario para la escena de una película antigua.
La larga y amplia barra color negro, resalta elegante y evoca por momentos las imágenes de los bares de los primeros años del siglo XX; detrás de ella, entre cuatro pequeñas columnas de madera que forman parte de la decoración, una pintura de la antigua Habana en color marrón recuerda los primeros años del nacimiento de esta famosa ciudad.
En ella, tres o cuatro remedos de bebedores matan el tiempo e intercambia miradas fugases sin que medie palabra, otros toman fotos y los menos se abstraen escuchando la música y siguiendo el ritmo con la palma de la mano golpeando sobre la rodilla.
Justo a la entrada, del lado izquierdo, custodiando el final de un diminuto pasillo se encuentra  la estatua de Hemingway. Como si se tratase de un eterno anfitrión, su figura está recargada sobre la barra de la misma forma que se ve un asiduo cliente que espera que el barman le entregue el trago solicitado.
Frente a la barra, un grupo de mesas pequeñas capaces de dar cabida a no más de cinco personas, no exceden en número la decena. Al fondo, un pequeño salón que hace las veces de comedor donde se atiende a aquellas personas que buscan algo más que un simple trago.
En términos generales, el espacio que ocupa este lugar no puede ser calificado como amplio, más bien es uno de esos sitios que podrías describir como acogedores. Aquí el gran atractivo es la historia, el escenario, esa atmósfera de bar elegante y centenario que aún se respira en el viejo Floridita.
Aquí lo que atrae son las historias, la nostalgia, el recuerdo; lo que atrae es la idea de estar sentado en le mismo lugar en el que lo han estado figuras como Tennesse Williams, Marlene Dietrich o Jean Paul Sartre, en ese lugar que abrió sus puertas en 1817 con el nombre original de La Piña de Plata  que ha a traído a cientos de famosos.
Doy otro trago a mi copa y observo la barra que alberga a varios despreocupados paseantes que igualmente toman un trago, muchos de ellos tienen en sus rostros esa sonrisa de satisfacción tan propia de aquellos que se sienten, al menos por unos momentos, parte de la historia.
Esa satisfacción efímera de compartir el mismo espacio que compartieron los famosos, sin embargo, aquí hace falta algo, algo que tiene que ver con la naturalidad, con lo espontáneo, con lo actual. Como muchas cosas en Cuba, el Floridita es un lugar detenido en el tiempo, una pieza de museo que de entrada atrapa, gusta y seduce, pero que al paso de un par de tragos, hace sentir su indiferencia.  
Aquí no existe esa alegría de la gente cubana que tanto se pregona, ni sus rostros, ni sus voces, menos sus discusiones; los únicos rostros son los de decenas de turistas de todas partes del mundo que departen tranquilamente y los escaso cubanos que se encuentran, son aquellos que atiende la barra y las mesas.   
Como tampoco existe aquella elegancia de antaño, ni el glamour, ni las discusiones acaloradas, tampoco existe ese aire relajado que debería privar en un bar, ahora todos entran en mangas de camisa y pantalones cotos, olvidando que antaño este fue un lugar al que distinguía la elegancia de sus clientes.   
Es cierto, La puerta que se encuentra justo en la esquina de la calle Obispo y Monserat, es mucho más que un simple bar en la Habana, de hecho, el Floridita es un símbolo imperecedero de la gloria de esta capital.
Cierto es también que ninguna de estas circunstancias le resta atractivo al hecho de encontrar tan emblemático rincón, no obstante, existe algo difícil de describir en ese aire de aislacionismo y nostalgia en envuelve al Floridita, quizá sea ese aire de lugar creado para el turismo, quizá sea ese aíre e espejismo que se puede respirar en tanto lugares de este país lo que crea esta sensación.
Sea lo que sea, lo que es irrefutable es lo bueno que preparan los daiquirís en este lugar, de modo que me dispongo a pedir mi última copa, antes de continuar mi recorrido allá afuera, en el mundo real, aunque con la satisfacción de conocer ahora el Floridita, ese nostálgico y tan famoso espejismo de la Habana.     

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Twitter Delicious Facebook Digg Stumbleupon Favorites More