viernes, 27 de enero de 2012

Montreal y su Festival de Las Luces

Édgar Rogelio Reyes * Montreal

Durante diez días, esta ciudad de Canadá se convierte en el escenario de una vasta oferta cultural, gastronómica y de entretenimiento, que incluye conciertos, talleres, exhibiciones y espectáculos de alta calidad


El reloj marca cinco minutos antes de las once de la noche y la entrada al Museo de Arte Contemporáneo luce congestionada; jóvenes, adultos, personas mayores e incluso niños, forman parte de un tropel que intenta entrar al edificio de manera un tanto desorganizada, como si esta fuera la última vez que el recinto abre sus puertas.

En el interior, cientos de personas deambulan; suben y bajan escaleras, caminan por los pasillos y observan. Algunos se detienen unos minutos a contemplar una obra, pero los más siguen su camino, simplemente echando un vistazo rápido en cada sala, arrastrados por la propia inercia de un río de asistentes que intenta visitar la mayor cantidad de espacios posibles durante esta noche.


Es un flujo constante e imparable; un ir y venir de personas que difícilmente se puede ver en un día normal, no obstante y a pesar de la premura, las obras ahí expuestas son capaces de provocar en los espectadores sentimientos de asombro y deleite, infortunadamente, nadie cuenta con el suficiente tiempo para extenderse más allá de lo estrictamente necesario, así que hicimos un rápido recorrido con pocas paradas y salimos para continuar con un largo itinerario.

Antes de salir de nuevo a la calle nos colocamos las chamarras, los gorros y los guantes para soportar la temperatura del exterior, cosa que llamó la atención de algunos canadienses que nos observaban con una que otra risilla.

Nos dirigimos hacia lo que hoy en día se conoce como la Plaza de los Festivales, dispuestos a explorar todas las posibilidades que existen en esta ciudad, que por una noche se ha convertido en un carnaval.

En la calle, la temperatura de cero grados Celsius no parece amedrentar a nadie y de hecho, los únicos que parecen hacer comentarios al respecto somos los mexicanos, que nos encontramos en medio de esta gran celebración.

Las avenidas, los pequeños callejones y las calles principales están llenas de transeúntes, quienes desafiando al frío, salen a disfrutar de lo mucho que existe para hacer hoy. En la plaza, los edificios lucen totalmente iluminados de vivos colores: anaranjado, rojo, morado y verde intercambian sus tonalidades una y otra vez para hacer de aquel lugar un escenario multicolor.

Más que una fiesta

A un costado de la plaza, a todo lo largo y ancho de un edificio de oficinas de más de seis pisos, se proyecta la imagen de una bella mujer que baila salsa. La imagen y la música que la acompaña provienen de un  pequeño escenario levantado en una de las esquinas de la explanada, justo en frente del cual se encuentran docenas de personas que observan con detenimiento cada paso e incluso se contagian de la acompasada cadencia de la bailarina.

Sobre otro de los edificios se proyecta un cartel que con letras de vivos colores reza: “Desing, Expositións, Musique Festivals, Opéra, Danse, Litteráture, Cinéma, Humor”. Es el Festival de Las Luces de Montreal, y  es lo que se conoce como la “Noche Blanca”, una noche en la que nadie ni nada duerme, en la que los museos, las galerías, el metro, los antros y los bares, así como los restaurantes y los teatros, todo o casi todo, permanece abierto hasta bien entrada la madrugada.

Una noche multicultural
Esta es una de las noches más esperadas de todo el año en Montreal, y la que sirve como el gran cierre de un festival que se ha prolongado por diez días. Pero también, la que anuncia el final de la parte más cruda del invierno, el final de una época del año, donde se sale poco y, en general, donde todas las actividades bajan considerablemente.

Una llamada que anuncia que poco a poco se puede ir dejando la ciudad subterránea y devolverle la vida a la gran Montreal. Durante el Festival de las Luces, esta capital se convierte en el escenario de una vasta oferta cultural, gastronómica y de entretenimiento que incluye conciertos, talleres, exhibiciones y espectáculos de una alta calidad.

Continuamos caminando hasta llegar al Palacio de los Festivales, en donde por extraño que parezca el cartel que anuncia la presentación de un grupo brasileño de Samba y Bossa nova atrae a cientos de curiosos.
En aquel pequeño recinto que luce lleno, es posible observar la materialización de lo que este festival significa: un grupo que toca música del cono sur es capaz de congregar y hacer bailar a cientos de francófonos que se reúnen sólo por el simple gusto de escuchar música. No importa si ésta es en su idioma, y menos aún si no forma parte de su cultura, la razón de estar ahí es para  disfrutar y compartir.

Lo difícil sería saber si los canadienses entienden la letra en portugués ¡Pero eso qué importa!, ellos bailan y se mueven conforme les dicta su propio sentir y así se unen a la alegría de compartir con otras personas.
De vuelta a la calle después de una hora, la fiesta continúa y la siguiente parada es el Viejo Montreal. Nos adentramos en la ciudad subterránea con la intención de recorrer sus interminables túneles y de observar cómo este lugar es también escenario de las más variadas expresiones artísticas.

El arte toma las calles

Por los pasillos de esta ciudad alternativa, los artistas han encontrado un refugio y un escenario, un lugar para expresarse entre el agitado andar de los ciudadanos, pero no por eso un mal sitio para la diversión.
Un sillón vacío frente a un televisor antiguo que proyecta videos de los años 80, un cubículo plagado de herramientas a la entrada de una escalera eléctrica, que simula el sitio de trabajo de los obreros; una pequeña exposición fotográfica, o los propios artistas que trabajan sobre tablas de arcilla se unen a los espectáculos que a esta hora de la madrugada se presentan en las plazas de los centros comerciales.

Luego de una larga caminata, al fin salimos a la superficie, muy cerca del viejo puerto, el lugar que ha sido designado como escenario para llevar a cabo los conciertos. Son más de la una de la madrugada y todo parece estar comenzando, los Djs agrupan a miles de seguidores jóvenes que corean y se mueven al ritmo de la música electrónica.

Mientras unos deambulan por entre la multitud otros patinan, los menos se suben a la Rueda de la Fortuna para tener una vista panorámica de la ciudad iluminada y otros pasan el tiempo tratando de escapar de un pequeño laberinto hecho con árboles de pino y que se ha convertido en una de las nuevas atracciones del lugar. 

Aquí, los edificios públicos más importantes lucen totalmente iluminados y rompen con la solemnidad de la, generalmente, tranquila noche de Montreal. Nos perdemos entre la multitud, pero el frío que entume las manos obliga a acercarse al fuego que se desprende de uno de los contenedores especialmente diseñados para quemar madera, ellos hacen la noche un poco más llevadera.

Allí la gente se agrupa, platica, sonríe y comparte alguna ligera conversación al tiempo que asan salchichas ayudada de largos bastones de madera.

Una vez con el ánimo y el cuerpo reconfortados, nos dirigimos hacia otro de los escenarios, una pista circular rodeada de luces que parpadean intermitentemente creando efectos ópticos.
Nos unimos al baile y la celebración. Es un ambiente que hace olvidar el frío de la madrugada que está por morir, pero no por eso la fiesta termina. Como tampoco termina el resplandor de las luces que le dan vida a este inolvidable festival.     

Datos del festival
*Durante la Noche Blanca todos los transportes públicos son gratuitos y operan hasta las cinco de la madrugada.
*En esta noche existen más de 180 actividades que se puede realizar, la mayoría de ellas gratuitas.
*Recuerda que durante el festival muchos restaurantes de la ciudad ofrecen menús especiales con motivo de la celebración, tomando como inspiración la comida de algún país invitado.

Cómo llegar
Aunque existen múltiples opciones de vuelos hacia Montreal, tanto de aerolíneas nacionales como extranjeras, una buena recomendación es Air Canada, que ofrece vuelos directos desde la Ciudad de México, con dos frecuencias diarias por la mañana y por la tarde. 

Dónde hospedarse
Depende de los gustos y presupuesto de cada viajero, pero si eres de los turistas jóvenes que les gustan los hoteles boutique, de diseño vanguardista, pequeños y acogedores; sin muchas pretensiones y bien ubicados, te recomendamos Le Petit hotel, 168 St Paul Street West. petithotelmontreal.com.

Dónde comer
*En pequeños locales en donde podrás probar realmente la comida del lugar.
*Para la comida: Schwartz, un lugar en donde tienes que probar los sándwiches de carne ahumada, un sitio en donde es necesario hacer cola para entrar, pero que bien vale la pena la espera.
*Para la cena: L’Orignal, donde puede degustar algunos de los más tradicionales platillos de la comida quebequense, incluyendo La Poutine. restaurantlorignal.com


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