miércoles, 13 de febrero de 2013

Quebec, una de las ciudades más bellas del mundo


La variada arquitectura, su gastronomía, su historia y su cultura hacen de Quebec una ciudad de belleza inigualable

Juan Gerardo Reyes/enviado
Quebec/Canadá

Los sentidos se saturan con los colores, olores, sabores y texturas que se aprecian en la ciudad de Quebec. Al llegar a la metrópoli (capital de la provincia del mismo nombre, en Canadá), el viajero experimenta una grata sensación por los innumerables estilos arquitectónicos que observa, la historia y geografía de la ciudad, y su cultura.
Con más de 400 años de antigüedad, desde que Samuel de Champlain la fundara, Quebec fue nombrada por la Unesco en 1985 como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Son tantas las cualidades y atractivos que hay en Quebec, que es difícil decidir por dónde empezar. Lo fácil, quizá, sería decir que es una ciudad europea en América; pero no es suficiente. O hablar de su geografía, colmada de bosques, lagos, ríos y cascadas; o enfocarse a su cultura predominantemente francesa, a pesar del dominio británico.
Sí, todo eso y más es Quebec; es cuna y baluarte de la nueva Francia en América. Es la única ciudad amurallada al norte de México, es una ciudad cuyo conjunto arquitectónico da cuenta de edificios que datan de los siglos XVII, XVIII y XIX con un inmejorable grado de conservación. Situación que al mismo tiempo crea un especial entramado entre la antigua arquitectura y la moderna, con la más avanzada tecnología.
Hay que decir, además, que Quebec tiene una población predominantemente francófona; a pesar de que las lenguas oficiales son inglés y francés. Después de Francia, Quebec posee la mayor cantidad de población francoparlante.
Como pocas ciudades en el mundo, Quebec es amable en todos los sentidos. Lo es en lo agradable de su arquitectura, en sus paisajes donde contrasta el intenso azul del cielo con su multicolor vegetación; es amable en su trasporte eléctrico para la zona turística; sus habitantes también son amables, siempre atentos para ayudar al visitante.
Y cómo no si un alto porcentaje de su economía tiene como base el turismo, seguida de las nuevas tecnologías y la riqueza que generan actividades ancestrales como el tráfico marítimo, propio de su puerto.
Cabe precisar que Quebec es una en la parte alta (en la ciudad amurallada) y otra abajo, fuera de la muralla. No obstante, en ambos casos tiene como rasgo común una arquitectura afrancesada, colmada de tiendas, cafés y restaurantes próximos a los sitios de interés para el visitante; como iglesias, edificios públicos y sitios históricos.
Entre murallas
El viejo Quebec se caracteriza por sus calesas tiradas por caballos y sus estrechas calles dominadas por edificios de piedra gris, que imprimen un toque singular a la fisonomía de la ciudad. El perímetro amurallado de la Haunt-Ville (ciudad alta) se asienta sobre un impresionante acantilado conocido como cabo diamante, el mismo que Charles Dickens llamó el Gibraltar de América y donde el río San Lorenzo se estrecha.
Desde las alturas se domina parte del impresionante río San Lorenzo que da vida a la ciudad. Y desde el río, el panorama lo domina el Cháteau Frontenac, construcción que hoy alberga un reconocido hotel.
Frente a este castillo se extiende una pasarela de madera (Terrasse Dufferin) para facilitar a los turistas la contemplación del paisaje, al tiempo que un nutrido grupo de artistas entre malabaristas, acróbatas y saltimbanquis con sus actos circenses, hacen más agradable el paseo de los visitantes.
Ésta, la parte antigua, cuenta con diversos museos, como el de la América Francesa y el Museo de las Ursulinas. La basílica de Notre-Dame de Quebec contiene numerosas obras de arte y en su cripta están enterrados los cuatro gobernantes de Nueva Francia.
A los pies de este montículo, y unida a la ciudad alta por un funicular, se encuentra la Basse-Ville o ciudad baja. El mismo lugar donde Samuel de Champlain fundó la ciudad en 1608, muchos años después de que fuera descubierta la zona por Jacques Cartier.
En este sitio el visitante disfruta de un conjunto de edificios alrededor de la Plaza Royal (Place Royale), restaurados pero conservando su apariencia original.
Las planicies de Abraham
Lo bien conservado de la ciudad hace que la gente olvide la destrucción que en otros tiempos sufrió. Cuentan los historiadores que pocos de los edificios originales sobrevivieron a los bombardeos de los británicos en 1759, durante las luchas por la conquista del territorio que al final quedó en manos británicas.
Con la finalidad de evitar futuros ataques por el mismo lado que utilizaron los británicos, los nativos construyeron la Citadelle (la Guarnición), una enorme fortificación en forma de estrella que actualmente constituye una de las principales atracciones de la ciudad; toda vez que se complementa con una amplia explanada verde más conocida como las llanuras de Abraham.
Para conectar esta zona con la parte baja de la ciudad se construyó un funicular. Es aquí donde se encuentra uno de los barrios más visitados en Quebec: el Petit Champlain, peculiar por su gran cantidad de tiendas de arte y artesanías, numerosos restaurantes y bares.
El Museo de las Civilizaciones ofrece exposiciones temáticas de manera interactiva. Además, es posible pasear a lo largo del viejo puerto o tomar un barco para hacer un crucero por el río ¡Claro, en verano!, cuando las aguas no están congeladas.
Pero en Quebec lo antiguo no está reñido con lo moderno. A la par convive una joven ciudad, capital económica de la provincia, con amplias avenidas, un centro de congresos y convenciones con tecnología de punta, un sinnúmero de hoteles de las más variadas categorías y centros de espectáculos como el del Cirque du Soleil, entre otros muchos aspecto de una ciudad en constante evolución.

Una historia sobre zancos
En 1980 una compañía de teatro fundada por Gilles Ste-Croix asombraba y entretenía a los residentes de Baie-Saint-Paul (un pueblito situado en la margen norte del río San Lorenzo, al este de la ciudad de Québec) al caminar sobre zancos, hacer malabares, bailar, lanzar fuego y tocar música. Entre estos jóvenes artistas se encontraba el fundador del Cirque du Soleil, Guy Laliberté.
En 1984, durante las celebraciones por el 450 aniversario del descubrimiento de Canadá por Jacques Cartier, Québec buscaba un espectáculo que acercara las festividades a todos los quebequences. Entonces, Guy Laliberté convenció a los organizadores para que los artistas del Cirque du Soleil hicieran una gira por todas las provincias; desde entonces, esa gira no se ha interrumpido.
Curiosidades
Tan falso como un diamante canadiense

Cabo Diamante, promontorio donde se levanta la ciudad de Quebec y resalta el Chateau Frontenac, debe su nombre a una historia singular. Cuenta la leyenda que cuando Jacques Cartier —explorador francés que descubrió estas tierras— encontró piedras brillantes en esta elevación, pensó que eran diamantes. Las llevó a Francia, pero los expertos determinaron que se trataba de cuarzo. Desde entonces se acuñó la frase: “Tan falso como un diamante canadiense”.




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