CRONICAS DE VIAJE



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La Isla de Pascua, el lugar más apartado del mundo

Uno de los principales atractivos de la Isla de Pascua son sus moáis, enormes cabezas talladas en roca volcánica. Son figuras que proyectan cierta tristeza. Están impávidos al paso del tiempo y son mudos testigos de una historia llena de misterio
Juan Gerardo Reyes/Hanga Roa
Cuando el Sol aun no iluminaba las calles de Santiago de Chile iniciamos un grupo de periodistas de varias partes del mundo, el largo viaje al lugar más apartados del mundo: la Isla de Pascua. Una cascada de sensaciones se desencadenaron por el sólo hecho de pisar un pedazo de tierra volcánica situado en lo más profundo y apartado del Pacífico Sur. Pero más aún, uno de los pocos puntos donde se vería el eclipse total de sol del pasado 11 de julio.
Ya habíamos viajado durante 9 horas de la Ciudad de México a Santiago de Chile en un vuelo de LAN. Sólo había tiempo para descansar un poco en la capital chilena y en la madrugada, reiniciar el trayecto en otro vuelo de LAN durante 5 horas a ese remoto lugar de tan sólo 4 mil habitantes.
El motivo del viaje fue el fenómeno natural. Un eclipse que se observó desde dentro de un estrecho corredor que recorrió el Hemisferio Sur de la Tierra. El camino de la sombra de la Luna cruzó una el Océano Pacífico en su parte Sur, donde no tiene tierra a excepción de Mangaia (Islas Cook) y la isla de Pascua (Chile).
A pesar del mal tiempo que imperó en los días previos. El día previsto, el cielo se abrió para dar paso a este fenómeno natural que se observó en toda su magnitud. El eclipse inició a las 14.08 horas y, en su fase final, tuvo una duración de cinco minutos, de los cuales los últimos dos fueron de una gran expectación al quedar totalmente a oscuras la isla, un tozo de tierra que estuvo por mucho tiempo en las primeras planas de muchos periódicos en el mundo.
Sin embargo, el viaje fue algo más, muchos más. Fue encontrarse en un punto donde pocos seres humanos llegan, a pesar del aumento del turismo a la isla. Fue el estar en medio de un inmenso cuerpo de agua cuya profundidad en este punto es de la más grandes y es estar en una isla que desde hace muchos años vive envuelta en un el misterio del origen de sus habitantes. Incluso hay quien dice que hubo presencia de seres extraterrestres que labraron las enormes cabezas de los Moáis, el principal atractivo de la isla, además de sus bellezas naturales.
La isla es parte del territorio chileno y pertenece a la región de Valparaíso. Pero debe su nombre al explorador holandés Jakob Roggeveen, el cual llego a la isla el 5 de abril de 1722, día de Pascua de Resurrección. Posee un clima cálido-tropical durante todo el año y en ella se ejercen actividades tales como el turismo, la agricultura, la pesca y la ganadería.
En algún momento se dijo que su población era de origen peruano, por haber encontrado tubérculos de papa y camote, propios de ese país andino. Pero Leonardo Pakarati, nuestro guía, un apasionado defensor de su tierra, su gente, sus costumbres y tradiciones, no dejó duda y precisó que su origen es polinesio.El mismo fue el encargado de llevarnos por algunos de los puntos más interesantes de esta triangular isla cuyos habitantes no desean que lleguen más personas a habitarla, incluso los mismos chilenos.
Luego de una exhaustiva revisión de sus condiciones, se estableció que la isla no tiene capacidad para más de 10 mil personas. Y desde hoy trabajan para procesar todos sus desechos, cuidar el agua y evitar que lleguen más personas de los permitidos. Buscan afanosamente una independencia administrativa de Chile, país del cual dependen al 100 por ciento.
A  la Isla de Pascua, hace mil años, nos explica Leonardo, el Ariki (Rey) Hotu Matua, cruzó el océano desde la mítica Hiva (posiblemente las islas Marquesas) para establecerse en una nueva tierra, a la que los nativos denominaría Rapa Nui o El Ombligo del Mundo”.
Nos recordó que la isla se encuentra a más de 3,700 kilómetros de las costas de Chile continental, con poco más de 166 kilómetros cuadrados y apenas 509 metros sobre el nivel del mar. Y a la fecha es considerada como el mayor museo arqueológico al aire libre del mundo.

Las principales pruebas del origen polinésico radican en que los ahu (plataformas ceremoniales) son, a lo menos en su estructura básica y en su función (veneración de ancestros deificados), muy similares a los Marae existentes en las islas polinésicas, los rasgos antropométricos de los pascuenses señalan un parentesco con las razas del triángulo polinésico.
Por otra parte, existen numerosas especies de vegetales que tienen su origen en la Polinesia. Pero también existen en la isla unos pequeños caracoles de tierra propios y exclusivos de la Polinesia que, seguramente, viajaban de polizones junto con los navegantes cuando éstos transportaban plantas con tierra.
Los ciertos es que es una isla sin árboles, sin otro interés más que los famosos Moais, las esculturas en piedra que dominan su paisaje. Son figuras que proyectan cierta tristeza. Están impávidos al paso del tiempo y, por más que se nos diga que fueron construidos por los nativos, su origen es misterioso.
Estas monumentales cabezas muestras más trabajo en la cara, se caracterizan por tener grande boca, nariz y cejas, la frente es muy notoria, la parte de atrás de la cabeza es plana y a ambos lados 2 orejas alargadas. No tiene piernas y las manos solo están señaladas en los costados.
 Estos moais forman parte del Parque Nacional de Rapa Nui, desde 1935. Sus impresionantes figuras se pueden encontrar, en peor o mejor estado, por toda la isla. Hay casi de 1,000 esculturas, talladas en toba volcánica traídas de las canteras del volcán Rano Raraku. El que se encuentra en mejores condiciones es el Ahu Tahal, ubicado en la capital de la isla, Hanga Roa. El Ahu Te Pito Kura posee unas piedras redondas sobre la cabeza hechas en escoria roja de las canteras de Puna Pau.
Como ocurre con toda la historia de estos monumentos tampoco se sabe a ciencia cierta el por qué unos llevan este “tocado” y otros no, aunque lo más aceptado es que representan un moño o un sombrero que tenían los indígenas cuando llegaron los europeos. Ahu Vinapu y Akahanga son esculturas que curiosamente se encuentran tumbados…
No obstante, en torno a las gigantescas esculturas siguen habiendo numerosos misterios, pues nadie ha podido determinar cómo se extinguieron aquellos indígenas, o como fueron capaces de transportar y construir semejantes estatuas que pueden llegar hasta los 10 metros de altura, 7.5 metros de diámetro y casi 20 toneladas de peso y una antigüedad que podría remontarse a los siglos IV o V d.C.
Nuestro tiempo en la isla fue corto, pero quien tenga la fortuna de llegar a la ella, no debe dejar de visitar la capital, Hanga Roa, el volcán Ranu Raraku y también Orongo, donde se encuentra un importante centro ceremonial, Ana Katenga, una serie de cavernas que se abren a los acantilados de la isla, y, sobre todo, Anakena, la playa más grande de la isla con cocoteros y aguas de color azul-verdoso, y donde se obtiene una de las más famosas fotos que se puedan obtener de la isla de Rapa Nui: el Ahu Nau Nau, un conjunto de siete moais juntos a lo largo de la costa, mirando al mar.

Como Llegar
La Isla de Es la isla más alejada de otras tierras del mundo. Está situada a 3.700 km. del continente americano, a 4.600 km. de Tahiti y a 7.000 km. de Nueva Zelanda. El acceso más habitual es por vía aérea, la que es servida por LAN Chile, con dos vuelos semanales. El vuelo sale del aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez de Santiago y llega al aeropuerto de Mataveri, cubriendo los 3.700 km. en 6 horas de vuelo.
En barco el viaje dura 6 días entre Valparaíso y Hanga Roa.

Dónde hospedarse
Lo recomendable es hacer su reservación mucho antes de llegar. Existen pocos hoteles y hay mucho turismo. Hay forma de acampar, pero todo esta regulado. La gente es amagle y quiere a turismo, pero son muy celosas de su territorio y no desean que lleguen personas a establecerse, por lo que la estancia debe estas justificada y acreditada.
Dónde comer
La oferta culinaria de la isla es buena. Pero regularmente se atiende a las personas que llegan en alguna excursión. En suma la Isla de Pascua a pesar de ser un destino de naturaleza, no poco probable que se preste a la aventura. Antes de llegar confirme que tiene sus comidas aseguradas.



 




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Montreal y su Festival de Las Luces

Édgar Rogelio Reyes * Montreal

Durante diez días, esta ciudad de Canadá se convierte en el escenario de una vasta oferta cultural, gastronómica y de entretenimiento, que incluye conciertos, talleres, exhibiciones y espectáculos de alta calidad



El reloj marca cinco minutos antes de las once de la noche y la entrada al Museo de Arte Contemporáneo luce congestionada; jóvenes, adultos, personas mayores e incluso niños, forman parte de un tropel que intenta entrar al edificio de manera un tanto desorganizada, como si esta fuera la última vez que el recinto abre sus puertas.

En el interior, cientos de personas deambulan; suben y bajan escaleras, caminan por los pasillos y observan. Algunos se detienen unos minutos a contemplar una obra, pero los más siguen su camino, simplemente echando un vistazo rápido en cada sala, arrastrados por la propia inercia de un río de asistentes que intenta visitar la mayor cantidad de espacios posibles durante esta noche.


Es un flujo constante e imparable; un ir y venir de personas que difícilmente se puede ver en un día normal, no obstante y a pesar de la premura, las obras ahí expuestas son capaces de provocar en los espectadores sentimientos de asombro y deleite, infortunadamente, nadie cuenta con el suficiente tiempo para extenderse más allá de lo estrictamente necesario, así que hicimos un rápido recorrido con pocas paradas y salimos para continuar con un largo itinerario.

Antes de salir de nuevo a la calle nos colocamos las chamarras, los gorros y los guantes para soportar la temperatura del exterior, cosa que llamó la atención de algunos canadienses que nos observaban con una que otra risilla.

Nos dirigimos hacia lo que hoy en día se conoce como la Plaza de los Festivales, dispuestos a explorar todas las posibilidades que existen en esta ciudad, que por una noche se ha convertido en un carnaval.

En la calle, la temperatura de cero grados Celsius no parece amedrentar a nadie y de hecho, los únicos que parecen hacer comentarios al respecto somos los mexicanos, que nos encontramos en medio de esta gran celebración.

Las avenidas, los pequeños callejones y las calles principales están llenas de transeúntes, quienes desafiando al frío, salen a disfrutar de lo mucho que existe para hacer hoy. En la plaza, los edificios lucen totalmente iluminados de vivos colores: anaranjado, rojo, morado y verde intercambian sus tonalidades una y otra vez para hacer de aquel lugar un escenario multicolor.

Más que una fiesta

A un costado de la plaza, a todo lo largo y ancho de un edificio de oficinas de más de seis pisos, se proyecta la imagen de una bella mujer que baila salsa. La imagen y la música que la acompaña provienen de un  pequeño escenario levantado en una de las esquinas de la explanada, justo en frente del cual se encuentran docenas de personas que observan con detenimiento cada paso e incluso se contagian de la acompasada cadencia de la bailarina.

Sobre otro de los edificios se proyecta un cartel que con letras de vivos colores reza: “Desing, Expositións, Musique Festivals, Opéra, Danse, Litteráture, Cinéma, Humor”. Es el Festival de Las Luces de Montreal, y  es lo que se conoce como la “Noche Blanca”, una noche en la que nadie ni nada duerme, en la que los museos, las galerías, el metro, los antros y los bares, así como los restaurantes y los teatros, todo o casi todo, permanece abierto hasta bien entrada la madrugada.

Una noche multicultural
Esta es una de las noches más esperadas de todo el año en Montreal, y la que sirve como el gran cierre de un festival que se ha prolongado por diez días. Pero también, la que anuncia el final de la parte más cruda del invierno, el final de una época del año, donde se sale poco y, en general, donde todas las actividades bajan considerablemente.

Una llamada que anuncia que poco a poco se puede ir dejando la ciudad subterránea y devolverle la vida a la gran Montreal. Durante el Festival de las Luces, esta capital se convierte en el escenario de una vasta oferta cultural, gastronómica y de entretenimiento que incluye conciertos, talleres, exhibiciones y espectáculos de una alta calidad.

Continuamos caminando hasta llegar al Palacio de los Festivales, en donde por extraño que parezca el cartel que anuncia la presentación de un grupo brasileño de Samba y Bossa nova atrae a cientos de curiosos.
En aquel pequeño recinto que luce lleno, es posible observar la materialización de lo que este festival significa: un grupo que toca música del cono sur es capaz de congregar y hacer bailar a cientos de francófonos que se reúnen sólo por el simple gusto de escuchar música. No importa si ésta es en su idioma, y menos aún si no forma parte de su cultura, la razón de estar ahí es para  disfrutar y compartir.

Lo difícil sería saber si los canadienses entienden la letra en portugués ¡Pero eso qué importa!, ellos bailan y se mueven conforme les dicta su propio sentir y así se unen a la alegría de compartir con otras personas.
De vuelta a la calle después de una hora, la fiesta continúa y la siguiente parada es el Viejo Montreal. Nos adentramos en la ciudad subterránea con la intención de recorrer sus interminables túneles y de observar cómo este lugar es también escenario de las más variadas expresiones artísticas.

El arte toma las calles

Por los pasillos de esta ciudad alternativa, los artistas han encontrado un refugio y un escenario, un lugar para expresarse entre el agitado andar de los ciudadanos, pero no por eso un mal sitio para la diversión.
Un sillón vacío frente a un televisor antiguo que proyecta videos de los años 80, un cubículo plagado de herramientas a la entrada de una escalera eléctrica, que simula el sitio de trabajo de los obreros; una pequeña exposición fotográfica, o los propios artistas que trabajan sobre tablas de arcilla se unen a los espectáculos que a esta hora de la madrugada se presentan en las plazas de los centros comerciales.

Luego de una larga caminata, al fin salimos a la superficie, muy cerca del viejo puerto, el lugar que ha sido designado como escenario para llevar a cabo los conciertos. Son más de la una de la madrugada y todo parece estar comenzando, los Djs agrupan a miles de seguidores jóvenes que corean y se mueven al ritmo de la música electrónica.

Mientras unos deambulan por entre la multitud otros patinan, los menos se suben a la Rueda de la Fortuna para tener una vista panorámica de la ciudad iluminada y otros pasan el tiempo tratando de escapar de un pequeño laberinto hecho con árboles de pino y que se ha convertido en una de las nuevas atracciones del lugar. 

Aquí, los edificios públicos más importantes lucen totalmente iluminados y rompen con la solemnidad de la, generalmente, tranquila noche de Montreal. Nos perdemos entre la multitud, pero el frío que entume las manos obliga a acercarse al fuego que se desprende de uno de los contenedores especialmente diseñados para quemar madera, ellos hacen la noche un poco más llevadera.

Allí la gente se agrupa, platica, sonríe y comparte alguna ligera conversación al tiempo que asan salchichas ayudada de largos bastones de madera.

Una vez con el ánimo y el cuerpo reconfortados, nos dirigimos hacia otro de los escenarios, una pista circular rodeada de luces que parpadean intermitentemente creando efectos ópticos.
Nos unimos al baile y la celebración. Es un ambiente que hace olvidar el frío de la madrugada que está por morir, pero no por eso la fiesta termina. Como tampoco termina el resplandor de las luces que le dan vida a este inolvidable festival.     

Datos del festival
*Durante la Noche Blanca todos los transportes públicos son gratuitos y operan hasta las cinco de la madrugada.
*En esta noche existen más de 180 actividades que se puede realizar, la mayoría de ellas gratuitas.
*Recuerda que durante el festival muchos restaurantes de la ciudad ofrecen menús especiales con motivo de la celebración, tomando como inspiración la comida de algún país invitado.

Cómo llegar
Aunque existen múltiples opciones de vuelos hacia Montreal, tanto de aerolíneas nacionales como extranjeras, una buena recomendación es Air Canada, que ofrece vuelos directos desde la Ciudad de México, con dos frecuencias diarias por la mañana y por la tarde. 

Dónde hospedarse
Depende de los gustos y presupuesto de cada viajero, pero si eres de los turistas jóvenes que les gustan los hoteles boutique, de diseño vanguardista, pequeños y acogedores; sin muchas pretensiones y bien ubicados, te recomendamos Le Petit hotel, 168 St Paul Street West. petithotelmontreal.com.

Dónde comer
*En pequeños locales en donde podrás probar realmente la comida del lugar.
*Para la comida: Schwartz, un lugar en donde tienes que probar los sándwiches de carne ahumada, un sitio en donde es necesario hacer cola para entrar, pero que bien vale la pena la espera.
*Para la cena: L’Orignal, donde puede degustar algunos de los más tradicionales platillos de la comida quebequense, incluyendo La Poutine. restaurantlorignal.com


 

Si eres capaz de ver más allá de las circunstancias, en la Habana encontraras una de las ciudades más bellas e interesantes del mundo. Una ciudad que más que derrotada por el tiempo, ha sido eclipsada y castigada por las circunstancias

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La Habana, la Ciudad de la gran espera

Édgar Rogelio Reyes

Pocas cosas han cambiado desde que mis ojos vieron por primera vez la Habana, hace casi doce años. Los mismos viejos edificios; los antiguos autos americanos de la década de los cincuenta que aún circulan por las calles en estoica actitud; las grandes filas de personas que esperan para abordar el autobús, u obtener uno de los famosos helados de Copelia; los jóvenes en bicicleta que han adoptado este juguete como su medio más eficaz de trasporte, casi todo sigue ahí.

Bajo ese sol caribeño que por momentos se hace insoportable, hasta el punto que querer escapar.  La vida transcurre en esta ciudad de la misma manera que lo ha hecho durante décadas: tranquila, apacible, con su precario movimiento y en un escenario que parece no se transformará nunca.

En los parques y en las plazas aún existen esos grupos de hombres mayores que se enfrascan en interminables discusiones en torno al beisbol o a la política; frente al capitolio todavía están los taxistas que conducen esos singulares coches modelo Lada de fabricación soviética, en cuyos cofres se recargan en esperan de que la tarde caiga y un pasajero aparezca.

Me adentro en la zona de la Habana Vieja armado sólo con una cámara fotográfica en espera de captar algunas de esas imágenes que sólo es posible encontrar aquí. Conforme mis pasos avanzan me doy cuenta de que a diferencia de lo que pensaba al principio, sí han cambiado muchas cosas.

Los ojos que cambian

Son los mismos edificios, los mismos balcones, los mismos pequeños callejones que recorrí cuando tenía veinte años, sin embargo, a través de la lente de mi cámara me he percatado que existen muchas cosas que hace años no percibí.

 Muchas personas tienen la idea de que la Habana es una ciudad vieja, derruida, olvidada y derrotada por el tiempo y, así es. Tratar de negarlo sería una insensatez; no obstante, cuando uno se adentra en esas calles y se deja absorber por su dinámica, se da cuenta de que esta ciudad y en general Cuba, es un destino que hay que disfrutarlo con los ojos y la mente bien abiertos.

Y es que más allá de la apariencia exterior de estas viejas casas, la mayoría derrotadas por la humedad y la corrosión. Detrás de esos edificios que en algunos casos se caen a pedazos, se encuentra una de las más bellas ciudades de todo el mundo.

Plagada de edificaciones antiguas que van desde el siglo XVII hasta el XX, la zona de la Habana Vieja puede resultar un sueño para aquel que lo sepa observar, no en vano ésta área de la capital cubana es considerada como Patrimonio de la Humanidad desde el año  1982.

Entre su arquitectura colonial, la Barroca, la Neoclásica y sus ejemplos de Art- Nouveau y Art de Deco, esta urbe caribeña se convierte en un laberinto de estilos artísticos que embelesa. 

Con tal conjunción no resulta extraño que este lugar aún conserve ese aire señorial y elegante que durante tantos años lo caracterizó e hizo que fuera considerada una de las ciudades más hermosas de toda América Latina.

Con todos esos trazos por demás armónicos y estéticos de su arquitectura, la zona más antigua de esta ciudad es capaz de hacer de olvidar todo su infortunio y decadencia en tan sólo unos minutos.

Pero más allá de sus edificaciones, la lente me dio cuenta de muchos otros pequeños detalles que en mi primera visita había pasado por alto. Si llegas a este lugar dejándote llevar por las circunstancias, no serás capaz de observar las sonrisas de los niños que juegan con una oxidada bicicleta y que al percatarse de la presencia de la cámara te piden, con su encanto de infantes, que le tomes una foto, teniendo como única recompensa la posibilidad de ver sus rostros en la pantalla aunque sea por unos cuantos segundos.
  
Tampoco observarás el rostro de ese hombre mayor que sentado en las escaleras de una casa te sonríe cuando se percata de que lo miras con la intención de hacerle una foto y sin decirlo, te da su anuencia, como se la ha dado a cientos de turistas antes que a ti.

De la misma forma no escucharás las carcajadas de esa regordeta mulata que ataviada con un colorido pañuelo sobre su cabeza, bromea con unas amigas mientras barre la calle y detiene su tarea sólo en el momento en que advierte que un pequeño contingente de turistas la han tomado como objetivo de sus cámaras.

Sonríe, posa, bromea, toma su instrumento de trabajo como si se tratase de un micrófono con el que canta. La actitud de la mujer parece ejemplificar la de muchos otros habitantes de la isla. No se pueden abstraer de la realidad  y tampoco la niegan, la sufren.

Sin embargo, han aprendido a llevarla con filosofía, al menos ante el público extranjero, a tal grado que te hace pesar que, los más preocupados por esta apabullante situación, somos los que nos encontramos afuera.

Es aquí cuando entiendes que la Habana no es una ciudad derrotada por el tiempo sino eclipsada y castigada por las circunstancias.

Todos parecen esperar

Desde el punto de vista de un extranjero que se encuentra totalmente ajeno a esta realidad, al menos en apariencia, algunas cosas parecen estar mejor. Ya no se percibe esa atmósfera tensa y de incertidumbre que privaba durante el llamado “Periodo Especial”. Las cosas parecen haberse distendido, aunque eso sólo ellos lo saben.  

Está cayendo la tarde y continúo con mi recorrido, levanto la vista y mi atención la atrapa un hombre recargado en el balcón de un edificio. Parece estar tranquilo, sólo esperando a que pase el tiempo, sin embargo, no deja de parecerme una imagen un tanto melancólica, como muchas que he podido ver.

La del hombre del taxi; la de la mujer de la parada de autobús; las de jóvenes que se sientan en el malecón a contemplar la infinidad del mar con la mirada perdida en el horizonte y las manos entrelazadas sosteniendo sus rodillas, como esperando a que algo suceda, a que algo cambie, aunque sin saber bien a bien qué será.

Quizá muchos se encuentran a la espera de que esta ciudad vuelva a vivir tiempos de gloria, tiempos en los que puedan reclamar todo lo que arbitrariamente les ha sido arrebatado y que vuelva a haber en ella esperanza.  

Decido tomar un taxi de regreso a mi hotel. Durante el trayecto, al tiempo que observo pasar la imagen del malecón frente a mis ojos, me convenzo más de que éste es un lugar que tienes que conocer al menos una vez en la vida.

No sé qué pensamientos habrá en las mentes de todas aquellas personas. No sé que tanto cambiaran las cosas, o que tanto mejorarán. Lo que es un hecho es que nada es para siempre y que el día que las cosas cambien en la isla, nada volverá a ser igual. En mi caso, al menos podré decir que soy testigo de lo que fue.     

Recomendaciones

La cantidad de lugares que existen para visitar en la Habana es realmente amplia, sin embargo, algunos de los que no puede perderte son:

El Morro: Una fortaleza militar construida en 1845 para defender a la ciudad de ataque de piratas. Hoy es símbolo de la ciudad y uno de los atractivos turísticos más visitado por su belleza, además de ser el lugar donde se pueden apreciar los atardeceres más impresionantes.

El Capitolio: Construido en 1929 para ser la sede del poder legislativo. Es una de las construcciones más hermosas y lujosas de toda la isla. Actualmente es la sede del Ministerio de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente.

El Museo de la Revolución: Es el antiguo Palacio Nacional, un edificio que se comenzó a construir en 1909 y que desde 1918 funcionó como Palacio Nacional. Al triunfo de la revolución operó como centro de las actividades del nuevo gobierno, y en diciembre de 1959 se fundó como museo.

Plaza de la Revolución: Una de las más míticas de toda América Latina, sede de las concentraciones masivas más importantes en toda la isla.

La Catedral: Construida en 1788 es un edificio de estilo barroco, de interior Neo Clásico. Se encuentra en una acogedora plaza que alberga a un par de restaurantes donde es posible disfrutar de una tranquila tarde.

Y por supuesto no podía faltar en el itinerario el famoso bar El Floridita, aquel donde se cuenta que Ernest Hemingway pasaba tardes interminables degustando daiquiris, quizá gestando alguno de sus famosos escritos.

Dónde Comer

Auque la mayoría de los hoteles en Cuba operan bajo el concepto de todo incluido, no se puede llegar a esta ciudad sin comer al menos una vez en algún de sus “paladares”, restaurantes autorizados por el gobierno cubano. La mayoría son antiguas casas que han sido adaptadas como comedores, donde se puede disfrutar de la comida local.


Uno de los más famosos sitios es sin duda La Bodeguita del Medio, ubicada casi a un costado de catedral. Otro es “La Guarida”, ubicada también el centro de la Habana, en Concordia No 318, entre muchos otros.

Cómo Llegar

Actualmente son dos las aerolíneas que tiene vuelos directo a la Ciudad de la Habana: Aeroméxico y Cubana de Aviación. Con vuelos diarios.



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Carnaval de Mazatlán: fiesta de color, belleza y cultura

Edgar Rogelio Reyes
peon_e3@yahoo.com.mx

En este carnaval la fiesta no el lo único que se privilegia; la cultura ocupa un papel muy relevante en todas las actividades.

Dicen que en Mazatlán los años se cuentan por carnavales, y a juzgar por la euforia de la gente, pareciera que ésta es la única fecha del calendario digna de tomarse en cuenta. Atraídas por la música de los grupos que desde temprano se han apoderado del malecón, miles de personas se congregan a lo largo de esta avenida para esperar lo que durante muchos años, se ha considerado como uno de los espectáculos más emblemáticos de todo el carnaval de Mazatlán, “la Batalla Naval”.

Un impresionante espectáculo de fuegos artificiales, que marca el inicio de una de las más grandes e impresionantes fiestas callejeras. La espera se ha prolongado, pero nada parece alterar el ánimo festivo de la gente, que entre acordes de banda, merengue y hasta rock, deambula animadamente de un lado a otro, haciendo bromas, gritando y bailando, sin percatarse siquiera de la hora, ¡a quien le importa¡ es carnaval, y aquí un reloj se convierte en un artículo inservible cuya función poco o nada importa.      

Desde lo alto de uno de los edificios que se encuentran frente  aquel interminable y estruendoso escenario, es posible observar el ahora mudo arribar de las olas a la playa; las cuales han tenido que supeditar sus relajantes frecuencias, ante los apabullantes acordes de las canciones de la Banda del Recodo y al bullicio de aquel otro mar formado sólo de personas.

Con las luces que se han preparado para el espectáculo, el mar luce teñido de pálidos colores verdes y rojizos que bajo el contexto, le dan un atractivo aspecto a un mar que con su tranquilidad, luce indiferente a los aires de carnaval. Sutiles cambios de luces comienzan a anunciar que el espectáculo está listo, la música para y se dispone a ceder su lugar a la “Batalla Naval”  la expectación se incrementa y  se concentra en el cielo.

En las voces de ¡Ya va! ¡Ya va!  se percibe un dejo de emoción y expectación. Para la gente de Mazatlán, este día es uno de los que se espera con más entusiasmo, e incluso se dice que, de la  batalla, depende la surte del presidente municipal en su mandato de tres años.

Después de varios minutos de espera, la primera bengala ilumina el cielo, y con ella, docenas de juegos pirotécnicos estallan  en el firmamento del puerto, así como el ánimo de todos aquellos que durante horas, sólo esperaron esta señal para hacer oficial el inicio de una fiesta que se prolongará hasta mucho después de que los rayos del sol del la siguiente mañana hayan aparecido.

Con sonoros estruendos, las bengalas explotan para inundar con color y luego dispersarse en  pequeñas luces, que en segundos se diluyen arrastradas por el viento. Acompasadas ráfagas de distintas tonalidades se suceden unas a otras e iluminan las caras sonrientes de los pequeños que, en brazos de sus padres, contemplan fascinados el espectáculo.

En la calle, prácticamente no existe mirada que no se pierda  en el cielo, salvo aquellas que atraídas por la belleza de las mujeres de este estado, olvidan por un momento el espectáculo de luces del firmamento, y se concentran en algo mucho más hermoso.

Las tubas que hasta hace poco ensordecían con sus graves melodías, ahora se encuentran inertes en el asfalto, esperando el momento indicado para continuar con la fiesta, mientras, los músicos bromean de todo y nada, casi gritando, para que sus voces no se pierdan entre las explosiones; el malecón, la avenida, los balcones de cada edificio que se asoma hacia el mar, se encuentran repletos, no cabe nadie, y pareciera ser que todo Mazatlán se encuentra ahí.

Luego de casi treinta minutos, la última explosión se escucha, y como si se tratase de una señal previamente convenida, el estruendo pasa del cielo a la calle, la música vuelve y todas aquellas personas que permanecían juntas se dispersan, haciendo prácticamente imposible el caminar. Los flujos de gente que corren anárquicos en un sentido y en otro, terminan por arrastrar a varios despistados que sin proponérselo, pasan a formar parte de una fila, que al ritmo de la música, se dirige hasta el otro lado de la calle.

Durante esta fiesta, nada es impedimento para no disfrutar, no importa que haya que arrastrar la carreola del bebé por en medio de todo aquel tumulto o soportar los empujones y el baño de cerveza involuntario.

En frente de los templetes que albergan a los grupos musicales y que se extienden a todo lo largo de la avenida, pequeños bailes callejeros se forman tratando de escapar del la aglomeración. A los costados, se encuentran locales en donde es posible encontrar desde bebidas como piñas coladas, hasta gigantescas botellas de cerveza que sirven para mitigar el intenso calor.

Es una enorme fiesta popular en donde todos tienen cabida, desde las efímeras princesas de carnaval que lucen tiaras plásticas, (porque aquí el sueño de toda mujer es ser reina del carnaval) hasta el vaquero que con botas y sombrero baila a ritmo de la banda.

La fiesta seguirá hasta morir. Pero el carnaval no es sólo el tumultuoso festejo en donde muchos aprovechan para desfogar los ánimos contenidos durante todo un año, al menos en Mazatlán es mucho más que eso, debido a la larga tradición cultural de la que este puerto goza, los festejos se ha visto muy influidos en este sentido.

Lo mismo con una presentación del tenor Fernando de la Mora, que con un concierto de la orquesta sinfónica juvenil, o una exposición pictórica o una muestra gastronómica; el carnaval de Mazatlán se ha constituido como uno de los escenarios más importantes para la cultura no sólo del estado, sino del país.

Sin dejar de lado el carácter festivo con el que nació esta celebración, la cultura desde hace varios años ha logrado abrirse camino en medio de esta monumental fiesta, y lejos de contraponerse, ha logrado hacerse parte integral de ella para enriquecerla y darle a su vez un carácter muy familiar, que se ha convertido en el sello distintivo del carnaval de Mazatlán.

Ya sea durante la coronación de la reina de los Juegos Florales o el de la reina del Carnaval, los espectáculos culturales en donde intervienen principalmente estudiantes de todas las escuelas de arte que se concentran en Mazatlán, siempre están presentes. De esta manera se tienen programadas actividades no sólo los días más importantes, sino durante todo el mes de celebración, porque la cultura ya es parte de la celebración.
  
Detalles

Desde 1976 la organización del carnaval implicó la inclusión de jornadas culturales que revistieran la fiesta e hicieran más diverso el calendario de actividades.

Además de las presentaciones de diversos grupos artísticos que se organizan durante los días más importantes del la celebración, el carnaval sirve como marco de un tradicional  festival cultural en donde se otorgan algunos de los más importantes premios de la cultura en México, como es el caso del premio Clemencia Isaura de poesía, en donde artistas de todo el país participan.

Tradicionalmente los ganadores del premio Mazatlán de poesía gozan la distinción de coronar a la reina de los juegos florales y ésta a sus vez es quien otorga el premio a los poetas ganadores

 Miniagenda

Tal es el éxito del carnaval que la ocupación hotelera está durante estos días al cien por ciento, por tal motivo los organizadores recomiendan que si se pretende visitar este puerto durante el principal fin de semana de esta festividad, es prudente hacer las reservaciones de hotel con por lo menos dos meses de anterioridad.

Durante el carnaval no sólo la fiesta es durante la noche, la plaza Machado es sin duda un punto obligado de reunión para además de degustar algunos de los más famosos y exquisitos platos de la comida mazatleca, disfrutar de un amena velada escuchando una variada selección de música con grupos en vivo.

Pero si se prefiere, es posible salir a visitar no muy lejos de la capital alguna de las múltiples poblaciones rurales como el Quelite, que se caracterizan por conservar aún ese aire de pueblo mágico y sabor al México de provincia.



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Un recorrido en Bobsleigh, noventa segundos de adrenalina pura

Ciento veinticinco kilómetros por hora, dieciséis vertiginosas vueltas, la presión de cinco fuerzas G sobre la espalda y la emoción al tope, son algunas de las sensaciones que se experimentan durante un inolvidable recorrido en bobsleigh


Édgar Rogelio Reyes * Park City

De pie sobre el trineo, con el casco colocado y los nervios a punto de hacer flaquear la determinación, sólo esperas escuchar la sirena por el altavoz para saber que todo está a punto de comenzar. En esos momentos, en lo  único que se puede pensar es en la imagen que se encuentra al frente; un canal cubierto de hielo que se extiende por más de un kilómetro y en el cual los trineos son capaces de deslizarse hasta alcanzar los 125 kilómetros por hora.

Por fin, el altavoz se prende y anuncia ceremoniosamente el número del siguiente trineo destinado a tomar la pista, un extraño sentimiento mezcla de nerviosismo y emoción te invade por completo y llega a su límite. La incertidumbre de lo desconocido y las advertencias de lo intenso del descenso provocan que las manos suden sin parar, que la respiración se altere, el ritmo cardíaco sea perceptible sin necesidad de poner la mano sobre el pecho y, por un momento… las fuerzas parecen abandonar el cuerpo.

Mientras, surge una pugna entre la conciencia que nace del instinto de conservación y el afán humano por experimentar situaciones riesgosas que continúa hasta el último segundo; es decir, hasta el momento en que se indica que se deben tomar los puestos dentro del trineo.

Quizá lo único que otorga un cierto margen de seguridad ante lo desconocido del viaje, es el hecho de que quien conducirá es un experimentado atleta que ha tomado parte en gran número de competencias internacionales, incluyendo Juegos Olímpicos y que dice conocer esta pista con los ojos cerrados.

En esta ocasión, a diferencia de los atletas profesionales, por ser personas comunes, no será necesario que nosotros mismos demos impulso al trineo, dos personas más son las encargadas de realizar tal labor, encaminando a la tripulación a un recorrido de 1.3 kilómetros de distancia los cuales esperamos completar en noventa segundos.

Ciento veinticinco kilómetros, dieciséis vertiginosas vueltas, la presión de cinco fuerzas G sobre la espalda y la adrenalina al tope, son algunas de las sensaciones que se pueden experimentar durante el recorrido. Una vez impulsado el trineo, la velocidad se incrementa paulatinamente hasta hacer casi imposible recordar con precisión aquello que ocurre.

La soleada tarde que cae sobre el complejo del Parque Olímpico de Park City, en Utah, no es suficiente para hacer olvidar por un solo momento el nerviosismo que se experimenta al estar a punto de iniciar uno de los más emocionantes y fugases recorridos que existan en cualquier tipo de competencia deportiva, el bobsled. La inclinación de aquel enorme tobogán congelado, muy similar a los que existen en los parques acuáticos, paulatinamente se hace más pronunciada para permitir el veloz deslizamiento de los trineos.

Una vez todos colocados en sus puestos, las indicaciones de los instructores se repiten en la mente una y otra vez, sin perder detalle, casi como una grabación escuchada mil veces: “los hombros pegados al casco, la espalda recta, las manos firmes en las agarraderas”, todo se sucede como en esa escenas de cámara lenta donde las voces de los otros se escuchan sin que se les preste atención.

Desde el punto de inicio, sólo es posible apreciar los primeros 50 metros del trayecto. Tomamos nuestros lugares y nos disponemos a comenzar, un pequeño empujón y comenzamos a movernos, las cuchillas del trineo avanzan lentamente al tiempo que raspan la superficie congelada y emiten un sonido difícil de olvidar.

El movimiento es sumamente lento, casi al punto de hacer pensar que en cualquier momento la marcha se detendrá, aunque eso no sucede; el deslizamiento continúa, como continúan creciendo nuestros nervios al acercarse la primera curva.

Una vez que se llega a la primera vuelta y el deslizador ha cobrado ímpetu, el único capaz de observar lo que queda del recorrido es quien lleva el mando, los demás, agachamos la cabeza e intentamos sobreponernos a la terrible fuerza que empuja hacia abajo y que te impide mantener la cabeza erguida.

Durante esos primeros metros, velocidad con la que el vehículo recorre la pista no permite dimensionar ni por un momento la intensidad de lo que ocurre a sólo unos centímetros de distancia, las fuerzas G te empujan hacia abajo, aumenta la velocidad y lo único que escuchas es el propio sonido del trineo partiendo el hielo cada vez a mayor velocidad.  

Ya con la velocidad máxima, durante esos escasos segundos, lo único que la mente es capaz de registrar son  imágenes entrecortadas de una pista que se observa como en una fotografía barrida, el constante sonido de la fricción que ejerce el trineo sobre el hielo, el cual recuerda el ruido de los rieles de un tren en movimiento y, por momentos, la sensación de estar deslizándose sobre una pared. La adrenalina que corre a 125 kilómetros por hora para, luego de minuto y medio para acabar diluyéndose en un muy largo suspiro, lento y profundo.
 
Un descenso en bobsled es sin duda una de las experiencias más emocionantes que se pueden experimentar al estar en el complejo del Parque Olímpico de Park City, lugar que dio abrigo a los Juegos Olímpicos de invierno en el año 2002, y que ahora es posible visitar como parte de los atractivos turísticos de la ciudad, famosa por sus centros de esquí, ubicada a escasos 35 minutos de la capital del estado Salt Lake City, en Estados Unidos. Y una de las dós únicas pistas en el mundo en donde no profesionales peuden disfrutar de esta aventura.

En este complejo, además de experimentar las emocionantes sensaciones del bobsled, es posible visitar, en un tour guiado, algunas de las más importantes y espectaculares instalaciones que fueron utilizadas en las Olimpiadas invernales, y que hoy en día son centro de entrenamiento para los atletas.

Conocer las pistas del salto nórdico, las que se utiliza para las competencias de bobsled, Luge y Skeleton, además de otras importantes instalaciones del complejo, como el Museo del Esquí y el  Salón de la Fama de los deportes invernales, es posible tomando un recorrido que se ofrece diariamente a todos los visitantes.

El paseo tiene un costo aproximado de 200 dólares americanos por persona y puede lcontattarse de diciembre a Marzo en las instalaciones del Parque Olñímpico previa reservación.

Para más información: http://www.olyparks.com/ ó http://www.parkcity.com/ 





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Costa Rica, un destino naturalmente atrayente.


A pesar de su pequeña extensión geográfica, Costa Rica tiene un sin número de atractivos naturales capaces de atraer a todo tipo de personas, desde aquellas que buscan el ocio y la relajación en un entono natural, hasta aquellos que no conciben un viaje sin la aventura y las emociones del rapel el rafting o el ya famoso canopy
Édgar Rogelio Reyes
Con los ojos casi cerrados por el intenso golpeteo de las gotas de lluvia y una niebla que baja rápidamente hasta el punto de hacer perder aún mayor nitidez a la vista, intento hacer que mi despreocupada cabalgadura galope hasta mi destino, para evitar terminar convertido en una sopa, sin embargo es tarde, estamos aún muy lejos y a aquella bestia no parece importarle en los más mínimo la tormenta que ha comenzado.
El cielo se turbó de un momento a otro y una tarde que parecía serena se tornó en un diluvio que tiene por únicos damnificados al pequeño grupo de jinetes del cual formo parte. Intentar escapar a este destino ahora ya no tiene ningún sentido y decido abandonar mis infructuosos intentos para que el animal responda a los acicates de los estribos.
Empapado hasta los zapatos, espero al resto del grupo que se ha quedado más atrás y que como yo, han perdido toda esperanza de llegar secos a nuestro destino, de modo que me abandono a la contemplación del paisaje sin preocuparme de mi húmeda suerte.
El inmenso terreno montañoso por el cual transitamos, forma parte de la reserva forestal del Parque Nacional El Arenal, un llano de ondulantes depresiones y caprichosas formas, en donde percibir un color distinto al verde es tarea difícil pues las decenas de kilómetros de campo abierto que se extienden ante ti, son sólo eso, montañas interminables de tupida vegetación cuya belleza y majestuosidad te hacen sentir pequeño. 
Era casi imposible que pudiera caer una sola gota más de lluvia sobre nosotros y por alguna extraña razón,  aquella circunstancia se convirtió en la más grata de las experiencias; el aroma a la tierra mojada, la temperatura que bajaba y se combinaba con una tenue neblina que le daba un aspecto brumoso a la atmósfera, el sonido de los cascos de los caballos al golpear contra el suelo  y un interminable valle que te daba una enorme sensación de libertad.
Dicen los que saben, que esto es algo de lo mejor que te da Costa Rica, un sin número de paisajes naturales, de atmósferas diversas, de postales que te llevas en el recuerdo y de sitios que te regalan lo auténtico de lo natural.
Aún sin poder apresurar el paso, intento hacer un recuento rápido del ajetreado viaje que nos ha traído hasta aquí desde el mismo San José y de aquellas cosas que han cautivado mi atención durante la travesía.
Los pequeños trapiches
Al salir de la capital, a tan sólo unos cuantos kilómetros de haber iniciado el recorrido, ya en el cantón (distrito) de Peréz Zeledón, decidimos parar a desayunar en uno de esos lugares típicos de carretera en los que los viajeros hacen escalas y descansan unas horas, comen y recobran energía para continuar. Esos lugares se llaman aquí trapiches, restaurantes rústicos en donde se puede encontrar la más variada comida típica, comenzando por el famoso “gallo pinto”.
Algunos de estos lugares aún conservan esa atmósfera de comunidad rural que se niega a modernizarse y a encajar con las formas y la dinámica de una ciudad; lugares pequeños y agradables  en donde se trata de manera cálida a los visitantes  y si se corre con suerte, en alguno de éstos se puede observar cómo trabaja el molino que da nombre a estos lugares, llamado precisamente “trapiche”.
El trapiche no es más que un molino rústico que en muchos casos funciona con la fuerza de animales,( mulas o bueyes) y el  cual se utiliza para extrae el jugo de caña con el que posteriormente se fabrican varios productos como azúcar.
Luego de unas cuantas horas, emprendemos de nuevo el camino con destino a San Gerardo de Dota, un pequeño pueblo ubicado a 85 kilómetros de la capital San José, en las faldas del Cerro de la Muerte. Un lugar que se caracteriza por la belleza de sus ríos y campos con una gran riqueza de flora y fauna, pero sobre todo, por ser uno de los pocos lugares en el mundo donde es posible el avistamiento de quetzales.
Como en muchos sitios de Costa Rica, además de la belleza natural, en esta zona es posible realizar actividades como el senderismo, los  circuitos de tirolesas o bien la observación de aves.
Un par de días aquí y de regreso a San José para luego dirigirnos a La Fortuna, un pequeño pueblo ubicado en la provincia de Arajuela, que desde hace ya varios años sirve como punto de entrada al famosos Volcán Arenal, sin duda el mayor de sus atractivos y el motivo por el cual personas de todas partes del mundo llegan hasta aquí.
Actualmente el volcán Arenal se encuentra activo, por lo que resulta un espectáculo digno de observar, sobre todo en las noches y los días claros, que es cuando más fácilmente se pueden apreciar el material incandescente que recorre sus laderas.
Aunque si se cuenta con buena estrella, dice la gente que ha tenido la oportunidad de verlo, que una de las cosas más lindas en este lugar, es poder levantarse en una mañana despejada y tener la fortuna de desayunar en compañía de volcán, un majestuoso aunque un poco callado comensal que usualmente no acostumbra pasar más que algunos minutos contigo, después de todo,  este tímido habitante de la zona se encuentra a sólo 10 kilómetros del propio pueblo.
 De modo que tener el privilegio de tal compañía resulta además de una suerte, todo un honor que se tiene que disfrutar, antes de que las nubes que usualmente lo ocultan, aparezcan en el cielo para robarte de nueva cuenta su impactante presencia.  Por alguna extraña razón nosotros tuvimos ese extraordinario privilegio y en verdad que es tipo de momentos son de los que se quedan siempre grabados en la memoria
 Un desayuna rápido y continuar con el itinerario, en esta ocasión nos dirigimos no muy lejos de ahí, hasta la cascada de La Fortuna, una caída de agua de 70 metros que bien vale la pena el trayecto que se hace para admirarla, pero más vale la pena bajar hasta donde se encuentra la última caída para disfrutar del la vista y de la brisa fresca que pega en el rostro, con un leve rocío que refresca y reanima para emprender la subida de regreso.
Regresamos luego de un rato de disfrutar del paisaje y nos dirigimos ya por la tarde  hacia uno de los sitios más bellos con los que cuenta esta zona, Tabacón Hot Springs, un centro de aguas termales que se originaron por la misma actividad del volcán y que resulta una de los mejores lugares si lo que se busca es relajarse en medio de un entorno natural.
Pasar una tarde descansando, metido en las calientes aguas de este balneario natural,  es uno de los placeres que es recomendable no perderse si se ha llegado hasta aquí. Recargar la cabeza contra la pared cerrar los ojos y déjate llevar por el sonido del agua que cae y que moja tu espalda hasta relajarla por completo,  resulta ser una actividad sumamente gratificante luego de un día atareado.
Entre recuerdos y recuerdos, voy regresando poco a poco el tiempo atrás unos cuantos días, tratando de regresar muchas de las cosas buenas que ha tenido este viaje en estos últimos días, todas esas anécdotas, esos paisajes, esos momentos que perduran , incluso los de esta húmeda cabalgata que amenaza con convertirse en pulmonía.





Cómo llegar
Para llegar a La Fortuna es necesario hacer un trayecto en carretera de aproximadamente  dos horas desde San José.
Dónde Hospedarse   
Existe un gran número de hoteles en La Fortuna para todos los gustos y todos los bolsillos, sin embargo, la recomendación de Toranvuelta  si decides ir a conocer este lugar es precisamente Tabacon Resort & Spa que es el lugar que cuenta con las mejores aguas termales de la zona.
Dónde Comer
En cuestión de gastronomía no cuenta con mucha variedad y una buena opción es el restaurante La Choza del Laurel.

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Nueva Orleans, los primeros años después de Katrina


Édgar Rogelio Reyes * Nueva Orleans

Las imágenes de la devastación, de las inundaciones, de los saqueos y la gente sin hogar, han quedado atrás. La vida en el Barrio Francés a casi cinco años de que Katrina lo devastara todo, parece ir quedando en el olvido, al menos en apariencia. 
Apostados sobre las pequeñas escaleras de la catedral de St. Louis, entre el barullo de decenas de personas que vienen y van; intentamos mitigar el letargo provocado por una larga caminata a todo lo largo del Barrio Francés, abandonándonos a esa inconsciente y cada vez menos recurrente práctica entre turistas: sentarse a observar.
En pleno corazón de la Plaza Jackson, a través del ruido de las voces que se disipan, y los pasos que se pierden, el sonido de un trombón y una tuba se abren paso nítidamente, inundando la atmósfera con las notas de una canción sumamente contagiosa y por demás emblemática en este lugar “Los Santos Van”.



Sólo tres músicos callejeros son los causantes del alboroto, dos afroamericanos y un anglo, que con su desparpajo han logrado volcar sobre ellos toda la atención de un nutrido grupo de personas que aunque dispersas, no pierden un solo detalle de la actuación.


Con esa imagen tan particularmente propia de la gente de color, vistiendo de gorra, playera holgada y unos jeans tan extremadamente amplios que pareciera que podrías meter las dos extremidades en una sola de las piernas,  aquellos músicos muy lejos están de parecer artistas del conservatorio, sin embargo, son capaces de crear esa atmosfera tan particular por la que tanto se habla de esta ciudad. 


Algunos los miramos con atención sin poder distraernos ante lo contagioso de su música, mientras que otros los observan sólo de cuando en cuando, como si aquella escena fuera algo muy habitual.


Algunos sentados en la bancas de herrería que se hayan casi justo frente a catedral, otros, como nosotros, sentados al pie del edificio, aprobamos conjuntamente el espectáculo con ese leve movimiento de manos y pies que surge sólo cuando una melodía te ha atrapado.


Son las cinco de la tarde y a pesar de que esa luz de sol que comienza a pardear como anunciando la inminente despedida del día, ya ha aparecido, a nadie parece realmente importarle, ahora mismo la prioridad es escuchar y dejar que la tarde se vaya tranquilamente. Después de todo, estamos en la ciudad de la música, estamos en Nueva Orleans.


Pocas veces se respira en una ciudad, sobre todo de Estados Unidos, un ambiente tan relajado, tan festivo y tan tendiente a la despreocupación como aquí. En Nueva Orleans, la gente, las formas, los tiempos, los colores, las risas, prácticamente todo es distinto que en el resto de la Unión Americana.


Luego de algunas canciones, el grupo que inició el improvisado concierto cede su lugar a un solista; un vaquero con todas las de la ley, ataviado con jeans ajustados, camisa a cuadros, sombrero texano y lentes negros, que  auxiliado de una armónica y una guitarra, interpreta canciones country, luego, encontraremos en otra calle a una violinista de pelo rosa vestida al estilo Dark, con vestido, botas y medias negras, interpretando a Mozart. Extraña combinación para cualquier otro lugar, aunque no para Nueva Orleans.

Una ciudad diversa y extraña que cautiva
Esa tan extraña mezcla de estilos, formas, costumbres y culturas, es lo que le da su enorme encanto a Nueva Orleans, un encanto que se basa en la sorpresa que da lo totalmente inesperado, que se basa en la conjunción de decenas de elementos diversos que se ven expresados no sólo en su arquitectura o música, sino también en su gastronomía, e incluso en su gente.


Pero para conocer realmente el espíritu de esta urbe, es necesario caminar al menos un día en al Barrio Francés, en este lugar el tiempo pasa diferente y la acelerada dinámica de muchas otras ciudades norteamericanas ha sido totalmente desterrada para darle paso a una vida más tranquila y relajada, al menos así parece.


Los músicos se encuentran casi en cada esquina y caminar acompañado de un blues o un buen jazz no resulta nada extraño. Sus relativamente angostas calles son un mosaico interminable en donde se mezclan estilos arquitectónicos.


Aquí, el color es una constante y los balcones enrejados que en muchas ocasiones albergan a algún despreocupado ocupante, casi un símbolo. Así, entre comercios, bares, restaurantes y cafés, la vida de este barrio transcurre despreocupada navegando entre notas de musicales.


Es quizá por eso que con frecuencia muchos estadounidenses dicen que visitar Nueva Orleans es como hacer un viaje al extranjero para visitar otro país totalmente distinto a Estados Unidos, y en cierta medida tienen razón


Nueva Orleans pareciera ser un territorio ajeno de Estados Unidos, que se ha desarrollado en parte alejado de su cultura y que dista mucho del clásico “American Way of Life”, tan clásico en otros destinos en esta nación.


Una extraña mezcla de culturas entre la francesa, la española y lo africano, en donde al música y la gastronomía tienen un lugar muy especial y diferente al de otras sociedades americanas; ente leyendas de vudú, tradiciones católicas y legados franceses que se funden con la actual cultura americana, esta ciudad sureña es un intrincado pero singular híbrido, gestado luego de muchos siglos de profundos cambios.


Inicialmente colonizada por franceses en 1718, el territorio de Luisiana fue posteriormente cedido a la corona española y luego de unas décadas comprado por Estados Unidos, esto aunado a la gran cantidad de esclavos africanos que llegaron como trabajadores del campo y sirvientes, explica el carácter multicultural de toda la región y no sólo de su ciudad capital.
  
Hoy en día, Nueva Orleans se ha convertido en una de las ciudades más visitadas y reconocidas de todo Estados Unidos, por ser uno de los sitios más ricos y culturalmente complejos de todo el país.

Las noches y el barrio
Si bien es cierto que la urbe tiene muchos atractivos que se pueden disfrutar de día, las noches de Nueva Orleans tienen un sabor diferente. Olvidando por completo la serenidad de sus tardes, por las noches el Barrio Francés se convierte en un lugar tumultuoso, lleno de música, centenares de personas caminando en las calles y toda clase de diversión nocturna que se busque.


Basta pasear unas horas por la afamada Bourbon Street, para darse cuenta de que la fama de ciudad que nunca duerme es más que bien ganada; en esta avenida, los turistas y locales se mezclan en busca de aquellos lugares para pasar el rato. Dependiendo de cuáles sean tus gustos, es posible encontrar desde las más clásicas bandas de jazz  y blues, hasta rock o electrónico. 
Aquí no es difícil no dormir en toda la noche y pasar de bar en bar cambiando de un ambiente a otro o sólo invertir tu tiempo en observar la singular dinámica de una zona que se ha convertido en un sitio muy socorrido de visita para aquellos que les gusta la fiesta hasta altas horas de la madrugada.


Bourbon Street aglutina al mismo tiempo lo mejor y lo peor de Nueva Orleans, un sitio por momentos glamoroso e interesante, y por momentos sórdido, decadente y asfixiante, tal y como esta urbe es, diversa, incluyente e impredecible.   

Una  ciudad que se sigue levantando
Pero no todo es fiesta, y una excelente forma de saber más de la verdadera Nueva Orleans es tomarse el tiempo de recorrer algunos de sus barrios, que quizá como pocas ciudades estadounidenses, dejan ver con mucha facilidad sus caras opuestas, con un sinnúmero de contrastes y matices.


Aquí no todo es opulencia y las casas modestas se encuentran más cerca de lo que te imaginas, la vida cotidiana no está muy alejada de los centros turísticos y la vieja Nueva Orleans de los locales también es un sitio atrayente e interesante, en tanto no corresponde mucho con la imagen encasillada que se tiene de toda ciudad americana.


También es cierto que muy poco tiempo ha pasado desde la tragedia y que la labor de recuperación se sabía sería una tarea titánica, hasta el punto de hacer pensar a miles en la posibilidad del abandono total; es por ello que la imagen de aquellos músicos resulta aún más  emblemática.
Lejos han quedado las escenas de las personas sobre los techos de las casas tratando de escapar de la inundación, de los soldados registrando cada vivienda y de los saqueos a los comercios, por fortuna, hoy
Nueva Orleans se ha levantado y vuelve a recibir a miles de visitantes de nueva cuenta.


Es cierto, aún quedan algunos lugares que guardan restos de la tragedia, lugares que pareciera nunca van a desaparecer, recuerdos que no se borrarán y rincones que siempre albergarán una triste historia, sin embargo, Nueva Orleans sigue en pie y sólo desaparecerá el día que no quede otro músico que quiera dar vida a toda una ciudad, tocando sus notas en medio de la Plaza Jackson.  
   

Dónde Hospedarse
Aunque existe una gran variedad de opciones para hospedarse en esta ciudad, para todos los presupuestos, en esta ocasión nuestra recomendación es el hotel Monteleone, una propiedad que se destaca por su ubicación y arquitectura, en el corazón del Barrio Francés.

Dónde Comer
La recomendación culinaria es el restaurante Herbsaint, ubicado en el 701 de St. Charles Avenue. Un local con una excelente comida internacional, de ambiente relajado pero elegante. Muy buena opción para una cena de pareja.


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Medellín, una ciudad con mucho corazón
Edgar Rogelio Reyes.
peon_e3@yahoo.com.mx

Muchas cosas han cambiado, Medellín ya no es más aquella ciudad prácticamente secuestrada por delincuentes y grupos guerrilleros, y ahora esta capital comienza a vivir una nueva etapa de su historia, marcada por un profundo orgullo de ser colombiana.

El sinuoso camino que conduce desde el aeropuerto hasta la ciudad de Medellín, provoca que la mente se extravíe sin querer, y vuelvan a ti ciertos pensamientos. Recordaba que desde muy joven crecí con la imagen de una Colombia, conflictiva, devastada y asolada por el narcotráfico, escuchando de bombas y de fuerzas armadas revolucionarias que combatían con paramilitares, de secuestros y de reivindicaciones.

Ahora que me encuentro aquí, no puedo evitar sentir un pequeño dejo de incertidumbre, después de todo, dicen que no hay peor cosa que enfrentarse a una realidad que no conoces, pues estás a merced de todos tus prejuicios.
Sin embargo, conforme el camino se prolonga, no existe nada que me haga mantenerme particularmente alerta, el pensamiento se disipa y la mirada se pierde en la carretera. Luego de casi 30 minutos de recorrido, el camino comienza a bajar para adentrarse en el valle que desde hace siglos alberga a la segunda ciudad más importante de Colombia.

Siempre supe que aquella imagen que tuve durante mucho tiempo en mi mente, no sería muy parecida a la que encontraría al llegar por primera vez a este país, sin embargo, la frase que un maestro de la universidad repetía casi como una muletilla, dio vueltas en mi cabeza durante muchos minutos, “no existe cosa más confrontante que un mito que se destroza”; y eso es justamente lo que pasa con Colombia.

Aunque siempre traté de no formarme una imagen prejuiciada de Colombia, la cual se sustentara sólo en las informaciones sesgadas de los noticieros y los comentarios infundados de personas que opinaban sin siquiera haber estado aquí, la imagen de Medellín en nada correspondía a aquella que mi imaginación había construido durante mi infancia.

Aquellos escenarios anárquicos de una ciudad conflictiva, sumida en el caos y el estruendo de bombas simplemente no existe. La realidad del Medellín de principios del siglo XXI muy  lejos está de ser la de una ciudad decadente y abandonada a su suerte, por el contrario, se trata del corazón económico del país y eso se nota.

La gente va y viene, el tráfico desquicia, los cafés se encuentran siempre concurridos y los centros comerciales son como en todos lados, punto de reunión obligado de personas de todas las edades.

Nada en toda la ciudad parece denotar el más mínimo signo de intranquilidad o violencia, la gente pasea por las calles, los niños y los jóvenes juegan en los parques, las discos y los restaurantes están a reventar, y nadie parece vivir con el menor signo de intranquilidad.
Cada vez con mayo frecuencia se abren sitios públicos en donde la gente se congrega y disfruta. Ante una normalidad tan cotidiana como la que se puede encontrar en Nueva York, Madrid, o Ciudad de México, resulta extraño escuchar los relatos de las personas que vivieron la época en donde esta ciudad fue considerada como la más violenta del mundo.

El pasado, pasado es

Ya casi nada queda, o al menos para un ojo inexperto así parece, de la época oscura de Pablo Escobar, de aquella en donde esta ciudad era una auténtica zona de guerra, de aquella en donde casi cada día se escuchaba el estremecedor estallido de una bomba y no había jornada en que no se hablara de una muerte o un secuestro.

Tampoco se habla de la FARCS ni de los paramilitares, la gente parece estar ya harta de repetir siempre este mismo discurso; no es que lo quieran negar, es sólo que como ellos mismo dicen “eso es pasado y hay que dar vuelta a la página”.


Cuando se le pregunta a un colombiano cómo fue esa época, ninguno puede ocultar esa leve exhalación que dejas escapar como cuando atrapas en un segundo decenas de recuerdos, las respuestas son inmediatas, y casi todas coinciden en decir que aquello no es nada de los que era hace diez años.

Muchos tienen aún el sabor amargo de haber perdido un familiar o un amigo en aquella cuenta guerra, pero lo que más sorprende de todo, es que ninguno parece guardar rencor de ello, y de la misma manera en como sucedió con su ciudad, las heridas pareen haberse olvidado.

Y es que aquí no existen las caras largas o los malos tratos, y mucho menos el pesimismo, no hay tiempo para sentarse a rumear las desventuras ni autocompadecerse, en esta ciudad todos parecen estar convencidos que se está viviendo una nueva etapa y nadie quiere ser ajena a ella.

Dicen que así son los “paisas”, (forma en como se les conoce popularmente a la gente que habita en el departamento de Antioquia, en donde se encuentra Medellín), que ellos son emprendedores y que no se rinden, que en los peores tiempos del conflicto, cuando el narco les tiraba un edificio con una bomba, al día siguiente estaban ya trabajando para levantarlo y que ahora han sabido reconstruir su hogar.

Y es que Medellín es eso, un ciudad orgullosa, en donde cada espacio público, cada café, cada parque, cada a avenida, cada cine y cada museo, es una suerte de reivindicación, una reivindicación ante un pasado que les arrebató a sus habitantes la propiedad de su  ciudad.

Ya han pasado los tiempos en donde esta urbe se encontraba dividida en zonas en la que las personas que vivían en unas y otras, no podían atreverse a cruzar a otros barrios, salvo estando conciente de que ello implicaba un riesgo.

Ahora los espacios son de todos, o al meno eso pretender ser, desde el Parque de los Pies Descalzos y el Jardín Botánico, hasta el Metro Cable o el museo de Antioquia, todo  parece estar pensado en función de ser lugares de integración y reeencuentro.
Incluso aquellos que en otros tiempos fueron las zonas de los sicarios de narco, ahora son motivo de orgullo de una ciudad que comienza a vivir una nueva etapa de su historia, una etapa alejada de la incertidumbre y la violencia, una etapa de apertura, en donde no existen más muros que dividen una realidad de otra, o un Medellín de otro.

Es cierto, encontrarse a los militares en algunas zonas portando imponentes armas largas no es extraño, pero aquí las fuerzas armadas no paren tener la misma connotación que en la mayoría de los países latinoamericanos, y por el contrario, proveen de una cierta sensación de seguridad.

Quizá para muchos Medellín no tenga más atractivos que otras ciudades de negocios de otras partes del mundo, sin embargo, el atractivo de esta ciudad, no radica tanto en su arquitectura o en su apariencia,  sino que radica precisamente radica en ese orgullo, en los relatos de sus habitantes que hablan de un pasado y un presente radicalmente opuestos, en la forma en como se ha reconstruido y ha renacido de sus cenizas.

Pero también su atractivo radica en la belleza de su gente que no se dejó vencer ante la adversidad, y que siguen conservando su sonrisa y amabilidad a pesar de todo, radica en la entereza y la determinación de un pueblo de no dejarse caer.

Ahora, sentado en la banca de un parque público, sin nada que hacer sino contemplar una realidad que se contrapone en demasía a la idea con la que siempre había crecido, recuerdo las palabras de una mujer mayor que escuche por casualidad “qué distinto sería este mundo si nos liberáramos de nuestros prejuicios y dejáramos al otro por una vez mostrarnos su verdad”.



DETALLES

-Cuando viajes a Colombia no olvides que los ciudadanos mexicanos no requieren visa para entrar al país.

-Siempre recuerda que se cobra un impuesto de salida al término de tu viaje que se cobra directamente en el aeropuerto, aunque algunas líneas aéreas lo incluyen ya en el precio del boleto.

-Al salir debes de llegar con suficiente tiempo al aeropuerto, ya que los controles de seguridad llevados a cabo por la policía son muy recurrentes y toman demasiado tiempo

- Si tu viaje está programado para la zona colombiana del Amazonas es un requisito indispensable, aplicarse la vacuna de la Fiebre Amarilla, al menos diez días antes del viaje.


Miniagenda      

Cuando se visita la ciudad de Medellín hay varios lugares que no pueden pasarse por alto, y existen opciones para todos lo gustos. Si lo que se ama es la “rumba” como se dice en aquella tierra, la opción es visitar la discoteca Mangos, uno de los lugares más famosos de toda la ciudad, y dice ser la más grande y espectacular del país.

Pero si lo que se está buscando es algo más cultural, sin duda el museo de Antioquia es una parada obligada, en el encontraras además de un buen número de exposiciones de todos tipos, una exposición permanente de la obra del maestro colombiano Fernando Botero en la que se encuentran varias obras donadas por el mimo. 

Aunque no se trata de un atractivo turístico propiamente dicho,  dar un paseo por el Metro Cable y pasear por algunos de los barrios con los que conecta, resulta una experiencia muy interesante.





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Xcaret , una forma distinta de vivir la muerte
Édgar Rogelio Reyes
La noche ha caído por completo sobre la Riviera Maya y todo está listo para iniciar cuatro días de celebraciones en honor a la muerte. La entrada principal del parque Xcaret luce inusualmente alumbrada por la luz de dos enormes antorchas que han sido colocadas ahí para guiar el paso de los visitantes, como si se tratase de la misma entrada al inframundo del que tanto se hace mención en las leyendas mayas.
Justo frente a las antorchas, dos cráneos humanos de utilería hacen las veces de mudos guardianes de la entrada, ante las caras asombradas los turistas extranjeros que aún no comprende  a cabalidad las razones de tan peculiar expresión cultural  y menos aún entienden las extrañas formas que tenemos los mexicanos de relacionarnos con la muerte.
Es la noche del primero de noviembre y la apariencia cotidiana de este famoso parque ha cambiado por completo. La abrumante brillantez de la luz solar ha cedido paso a la oscuridad y los cientos de visitantes que se han dado cita esta noche, caminan con cautela para no tropezar sus pasos mientras observan el singular espectáculo que se expande frente a sus ojos.
Durante cuatro días, Xcaret es literalmente tomado por un ejército de artistas de las más diversas disciplinas que con su talento, hacen de la celebración de Día de Muertos un espectáculo diferente, convirtiendo a este lugar en un enorme escenario al aire libre en el que cada rincón es un inesperado refugio para hablar de la muerte, ya sea a través de las palabras de un historiador que repasa la evolución de esta tradición, o bien, a través de las irreverentes bromas de una compañía de payasos que con sus enredos matan a la flaca.
En otro escenario, la famosa obra de B Traven, “Macario” es llevada al teatro por el mismo Ignacio López Tarso, mientras  que por los pasillos del parque,  las Catrinas de José Guadalupe Posada se pasean llevando a cabo pintorescos teatros callejeros que siempre tiene como tema recurrente a esa que aquí  llaman la “huesuda”.
En otro punto se han montado ya los altares de muertos con todo su colorido,  con su pan, con los dulces, el vino y la fruta. El olor a copal se mezcla con el Cempasuchitl (la flor de los muertos) e inunda la atmósfera dándole  un marcado  halo de misticismo a esta antigua celebración, en parte pagana, en parte religiosa.
Todo aquí es un intrincado amalgama de aromas, imágenes, colores, sensaciones ritos y fiesta que, especialmente para los extranjeros, resulta sumamente extraordinario y atrayente.
Un gran festival para celebrar la muerte
Por muchos años, el parque Xcaret de Riviera Maya, en Quintana Roo, se ha caracterizado por ofrecer a sus visitantes una majestuosa belleza natural que ha conquistado a miles y que le ha valido convertirse en una de las atracciones turísticas más importantes del destino.
Sin embargo, fiel a la política que le ha caracterizado desde su nacimiento, este centro busca promover la cultura mexicana en todas sus expresiones, por ello una fecha tan importante como el “Día de Muertos” no podía pasar desapercibida.
Desde hace ya cuatro años, Xcaret lleva a cabo lo que aquí se conoce como El Festival de Vida y Muerte, lo cual no es más que la famosa celebración de “Los Santos Difuntos” sólo que al más puro estilo de esta compañía.
Durante cuatro días, comenzando el 30 de octubre y hasta el 2 de noviembre, se desarrolla un extenso programa de actividades artísticas, culturales y recreativas en las que se incluyen obras de teatro, conciertos, talleres para niños, muestras gastronómicas y espectáculos de bailes tradicionales, todos alusivos a la muerte y en los que toman parte además de artistas profesionales, miembros de las comunidades mayas de la zona.
Es una verbena, una fiesta especialmente realizada para agradar a la muerte y para dar una idea, aunque sea muy general, de lo que la celebración del “Día de Muertos” significa para México. Ya sea través de una obra de teatro o bien de una conferencia de las muchas que se preparan durante estos días, el Festival de Vida Y Muerte en Xcaret definitivamente es una forma distinta de vivir la muerte.

Este año a partir del 30 de octubre de llevará a cabo la quinta edición del Festival, la cual se unirá las celebraciones del Bicentenario con un marcado enfoque a las fiestas patrias tanto de la Independencia como de la Revolución. Pero también como en años anteriores, se hará un recuento de las diferentes variaciones que esta misma fiesta a lo largo de toda la República Mexicana, como ocurre en el caso de  la fiesta de Xantolo que forma parte de las tradiciones de la región de la Huasteca.
Teniendo como título para este año “200 años de Vida y Muerte”  en esta edición el estado invitado es Chiapas y por tanto, las tradiciones, costumbres y cultura de esta entidad del sureste mexicano tendrán particular relevancia con eventos como el taller de Marimba, un espacio donde los espectadores  aprenderán más a cerca de este emblemático instrumento, su historia, repertorio, técnicas de ejecución y ensamble.
En la literatura resalta “Los Mitos del Grito”, una tertulia polémica e irreverente sobre el comportamiento de las almas de héroes nacionales como el cura Hidalgo, llevada de la mano de reconocidos escritores, poetas y ensayistas.
Para no olvidar
Otros espectáculos a destacar son:
“Viene la muerte luciendo, mil llamativos colores” Revista musical de Astrid Hadad.
“Juárez no debió Morir”. Un recital musical de Oscar Chavez
“Calaversando el Bicentenario”. En 20 horas, se harán 2010 calaveritas literarias improvisadas en verso con lo cual se trata de imponer un nuevo record mundial único en su género.
Xcaret se ubica a 56 kilómetros del Aeropuerto Internacional de Cancún y a seis de Playa del Carmen.
Recuerda que si estás planeando visitar el parque durante estás fechas, existen varios paquetes que incluyen avión, hospedaje y la entrada, Todos se encuentran disponibles en la página electrónica del  Festival. www.festivaldevidaymuerte.com



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Un día en chichicastenango (Guatemala)

Édgar Rogelio Reyes
Todos los domingos, esta pequeña población se convierte en un colorido escenario donde todas las comunidades indígenas del la región acuden a ofrecer sus productos y convierten a este lugar en uno de los más atrayentes y singulares destinos de toda Guatemala.
Al llegar a Chichicastenango, una pequeña comunidad a 140 kilómetros de la ciudad capital de Guatemala, en el municipio de Quiché, el escenario no podía ser más alucinante. En medio de un fuerte olor a copal, nos abrimos paso dificultosamente entre una multitud que parece ha tomado por asalto las angostas calles de esta comunidad, mientras que los sentidos se extravían atraídos por las escenas de una cotidianidad que para nosotros resulta fascinante.
Chichicastenango ha sido desde  tiempos muy antiguos, una población que funge como centro de comercio a las comunidades indígenas que se encuentran en sus alrededores. Es casi una tradición que cada domingo cientos de personas (indígenas) lleguen hasta aquí para ofrecer sus productos en el mercado del pueblo, haciendo de aquello una de las más extraordinarias y singulares expresiones culturales.
Es un mundo diferente, contrastante y casi cinematográfico, un mundo totalmente opuesto a lo que estamos acostumbrados pero sin duda extraordinario.  Una vez dentro de aquella turba que te arrastra, te pisa, te empuja y te mira con indiferencia, nada parece importar, tus ojos se distraen en cada esquina atraídos por el colorido de los trajes típicos, atraídos por los rostros de la gente maya, por sus costumbres y por su mundo que parece haberse detenido en una época que nosotros dejamos atrás hace muchos siglos.
Todo aquí es una explosión de colores, de aromas, de rostros y de marcados contrastes. Las mujeres cargan a sus niños en la espalda ayudadas tan sólo por típicos rebozos, mientras que en sus manos sostienen dos pavos amarrados por la patas; los cuales si tienen suerte, serán la venta del día.
Avanzas unos cuantos metros más y la cantidad de artículos y de personajes es inagotable. La mujer que vende las bolsas hechas a mano, el hombre de las verduras, el niño que ofrece las muñecas de trapo, la anciana que dobla en su regazo esos manteles de chillantes colores; y en medio de todo ese cúmulos de imágenes, un mar de sonidos y lenguas.
El español que se mezcla con el maya en una esquina y a tan sólo unos pasos el francés de unos despistados europeos se pierde entre la gente, para que luego de unos cuantos metros, comiences a escuchar las frases del inglés y luego del italiano de muchos otros turistas que han llegado hasta aquí  por la misma razón que nosotros, porque es un lugar que tienes que conocer.    

Hoy particularmente es un día difícil, es la fiesta del pueblo y es por ello que hay una acumulación excesiva de personas, no obstante, tratamos de abrirnos paso entre estos ríos vivientes para llagar hasta la iglesia.
En el trayecto no puedes dejar de observar a las mujeres de la comunidad que deambulan ataviadas con suscoloridos trajes típicos en tonos púrpuras y negros, el olor a la cera que se derrite, el tímido aroma de las flores que se confunde con las decenas de otros perfumes que predominan en el ambiente.
En este lugar, todas estas personas encuentran lo necesario para desarrollar su vida cotidiana, velas, cerillos, especias, madera, gallinas, juguetes etc. El sonido de las aves que se encuentran literalmente apiñadas en una canasta al lado de una mujer que espera compradores, se confunde con el estruendo que producen los cohetes que acompañan a la procesión y  es literalmente imposible tratar de fijar tu atención en algo en concreto, y literalmente imposible  encontrar algo que no la llame.
Es extraño cómo un escenario tan aparentemente anárquico, puede resultar tan atrayente y seductor. Ya en la iglesia,  justo sobres sus escalinatas, las imágenes no dejan de aparecer,  el humo del copal que arde, distorsiona levemente las figuras.
 Ancianos que predicen la fortuna, mujeres y hombres de todas las edades que se encuentran obstruyendo el paso y a la vez forman parte imprescindible del lugar; venden, ofrecen, esperan y observan indiferentes a sus pares y a los extranjeros que los miramos con veneración.
Todo se convierte en un singular escenario, apasionante, atrayente y soberbio, que hacer reflexionar en el hecho de que hasta la más pequeña comunidad, tiene algo que te puede atrapar hasta el punto del sombro, un asombro que quizá sólo es posible conocer cuando has pasado un día en Chichicastenango.



   

   








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Latinoamérica
Guatemala y su Cambio de la Rosa
En esta ceremonia llena de simbolismo, cada guatemalteco, no importando sus edad, posición social, género o creencia puede tomar parte y convertirse en un embajador de paz
Édgar Rogelio Reyes
peon_e3@yahoo.com.mx
No sé por qué, pero ciertos viajes tienen la particularidad de ofrecerte sorpresas; momentos singulares o pasajes que quedan grabados en tu memoria, con esa nitidez que sólo tienen los recuerdos que realmente han conmovido al corazón.
Para este tipo de momentos cualquier lugar es bueno; un parque, un callejón, un supermercado o una escuela, no hay predilección por un sitio en especial, quizá porque en el fondo se sabe que esas vivencias permanecen por siempre.

Si buscamos, todos tenemos en nuestras mentes al menos un momento de esos. En mi caso, el más reciente llegó el primer día de nuestro arribo a Guatemala; justo cuando entraba en uno de los amplios patios de lo que fue el antiguo Palacio de Gobierno y que hoy en día es parte del Palacio de las Artes.
Precisamente en una de esas recurrentes escapadas que tiene la mente y que te imposibilitan mantener la atención, mis ojos se encontraron por casualidad con la imagen de una joven ataviada con un vestido largo de color blanco, que sostenía en sus manos un rosa del mismo color.

Frente a ella, una escultura de bronce en forma de mano entre cerrada sostenía otro buen número de flores. Aquella imagen me hizo recuperar toda la atención y concentrar mi vista en la escena completa.
Desde lo alto del segundo piso, en medio de uno de los pasillos era posible apreciar todo el conjunto. La mujer no estaba sola, frente a ella, casi una docena de acompañantes ocupaban las primeras sillas de muchas que se habían colocado en filas para la realización de un acto multitudinario.
Otra mujer, bastante más grande que la primera, apretaba igualmente una rosa. Su rostro denotaba seriedad, y quizá, en medio de todos los rastros que dejan los años, tristeza. Una tristeza que hacía que aquel momento se tornara aún más solemne a pesar de que era evidente que el acto había terminado, a pesar de ser tempranas horas de la mañana.
Poniendo un poco más de atención, era evidente que las dos mujeres no eran las únicas que portaban la flor, y sin poder contener la curiosidad, pregunté a nuestro guía ¿Qué era todo aquello?
Con  un cierto dejo de orgullo, el joven respondió “es el cambio de la rosa”, mi gesto debe de haber sido tan elocuente que la segunda parte de la respuesta no se hizo esperar. “todos los días conmemoramos el cambio de la rosa, una tradición que celebra la paz y que nos recuerda que cada ciudadano guatemalteco, en cada rincón del país, es un embajador de la paz”.
Guatemala, un país azotado durante 46 años por una guerra civil que parecía no tener fin, tiene como uno de sus preceptos fundamentales, nunca olvidar el valor de la paz. Es por ello que a partir de 1996, año en que se firmó el armisticio definitivo con la guerrilla, esta nación centroamericana lleva a cabo todos los días esta ceremonia tan emblemática, en la que cada guatemalteco no importando su edad, posición social o género, puede tomar parte y convertirse en un embajador de paz.
Cualquier ciudadano puede ser sujeto de tal honor en cualquier momento, lo único que hay que hacer es acudir a este lugar, y si se quiere, depositar una rosa en aquella escultura que simboliza la esperanza de todo un pueblo.
Ante tal explicación sólo pudimos descender por las escalinatas que conducen hasta el patio, para observar más de cerca aquella escultura y los rostros que a su alrededor aún deambulaban.
La mujer del rostro adusto se encontraba ya sentada y en su mirada podía percibirse que ella, más que nadie de todos los que nos encontrábamos en aquel patio, conocía el significado de aquella rosa. Intentar imaginar el por qué, es quizá lo de menos.
Lo único que sé con certeza es que ese momento del que hablo, es justo el instante en que esa mujer le entregó la rosa a una pequeña niña que caminaba a su lado, quizás esperando que jamás nadie olvide todo lo que puede significar sólo una flor.    
     
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Comalcalco, una ciudad maya muy singular
Un lugar cuya singularidad atrapa no sólo por su historia, sino también por su belleza arquitectónica y por la tranquilidad que se percibe cuando se está entre sus edificaciones

Édgar Rogelio Reyes

peon_e3@yahoo.com.mx

Bajo un cielo despejado, de esos cuyo azul tan intenso provoca asombro y que dicen que aquí en Tabasco son tan comunes, la silueta de una de las antiguas edificaciones mayas se levanta majestuosa y monumental, como si por ella no hubiesen pasado tantos años de abandono.

Justo por encima de ella pero en un segundo plano, la imagen de una nube deambulaba como aletargada por el viento y se aleja lentamente hasta perderse detrás de la estructura, creando una de esas imágenes que lo sumen a uno en una intensa contemplación.

Nosotros, rendidos ante el implacable calor que para aquella hora había alcanzado los cuarenta y tres grados centígrados, nos encontramos postrados en uno de los montículos que se ubican justo al centro de lo que antiguamente formó parte de una plaza. De frente, la estructura más grande y mejor conservada, y a nuestros costados, dos edificaciones de menor tamaño que aparentemente tuvieron en su momento un uso religioso.


La figura de aquella pirámide había llamado mi atención desde el primer momento, pero no alcanzaba a encontrar la razón de ello, ante mi extrañeza, Sergio, un amigo tabasqueño que nació en este municipio y que ha visitado esta zona arqueológica desde que era un niño, me dijo, “te invito una cerveza si me dices qué tiene de diferente”, haciendo referencia al edificio que teníamos frente a nosotros.

Inconscientemente sabía que algo era diferente, trataba de recordar algún detalle que pudiera darme una pista del por qué de esta sensación, pero por más que le daba vueltas a mis recuerdos, no encontraba ninguna característica fuera de lo común que hiciera de este sitio algo singular, no había esos arcos mayas en forma de triángulo que existían en otras zona arqueológicas, ni construcciones monumentales, tampoco una distribución muy diferente al de otras ciudades.

Sabiendo que difícilmente daría en el clavo, Sergio, con una voz que estaba muy lejos de contener ese aire doctoral de los académicos, me dijo, “son de ladrillo, guey”. Aunque en un primer momento puse su aparentemente ridícula aseveración en duda, no tarde mucho en comprobar que mi compañero decía la verdad.

Es cierto, la textura de las paredes no correspondían a la forma que se aprecia en otras ciudades mayas, siempre más lisas y de aspecto redondeado por la piedra con la que están construidas, aquí todo variaba, la textura se volvía rugosa, los pedazos de los ladrillos fracturados permitían observar sin lugar a dudas, que aquello era la unión de pequeños trozos de barro cocido.

Incluso, el color de la edificación era diferente al de muchas otras que habíamos observado anteriormente, el color del barro resultaba inconfundible y su aspecto motivaba mi asombro.

Comalcalco, como es llamada esta zona arqueológica, tiene la extraña particularidad de estar construida, a diferencia de todas las demás ciudades mayas, con ladrillos y no con piedras, particularidad que le ha valido numerosas investigaciones.

Una ciudad perteneciente al período clásico maya que constituyó en sus tiempos de mayor esplendor, la última frontera al occidente del imperio maya, que fue contemporánea de ciudades como Palenque y Yaxchilan en Chiapas, Uxmal en Yucatán y Tikal en Guatemala.

Tomando un aire un poco más serio, Sergio me comenta que no existe ninguna otra ciudad en todo el mundo Maya con las mismas características que Comalcalco y que debido a ello, esta es uno de los atractivos turísticos más visitados de todo el estado.

Dice que hasta ahora nadie ha podido definir con certeza la razón de esta importante diferencia, pero que todo apunta al hecho de que en la zona no existe la suficiente cantidad de piedra como para edificar este tipo de construcciones, lo cual revela la impresionante capacidad de adaptación de aquel extraordinario pueblo.

En un extraordinario ejercicio de memoria, mi acompañante, intenta recordar la conformación exacta del sitio y menciona que se encuentra integrado por tres grandes conjuntos arquitectónicos, La Plaza Norte, la Gran Acrópolis y la Acrópolis Este, todas edificadas con la misma técnica e integradas principalmente por edificios cívico- religiosos.

A pesar de no contar con edificaciones monumentales como ocurre en otras ciudades mayas o tener una extensión importante, Comalcalco es un sitio de singular belleza, que al combinarse con el paisaje que lo rodea, sus cielos azules y la tranquilidad que irradian estas antiguas construcciones, logran atrapar la atención del visitante, quien piensa que fueron edificadas con ese fin, subyugar al que las mire.


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Tikal, un viaje al corazón del mundo maya


Aunque muchas de las más impresionantes ciudades de Mundo Maya se encuentran en México, Guatemala puede preciarse de tener una de las más bellas y singulares urbes antiguas de esta milenaria cultura.

Édgar Rogelio Reyes * Enviado Guatemala

peon_e3@yahoo.com.mx

La travesía comienza a las cinco de la madrugada, con una ciudad de Guatemala que apenas despierta, y una cerrada noche que pareciera negarse a dar paso a los primeros rayos de la mañana. Con el cansancio a cuestas y una taza de café por único alimento, tomamos el camión que nos conduce hasta el aeropuerto acompañados todavía por la penumbra.

Una diminuta terminal en la que apenas caben algunas decenas de adormilados paseantes, es nuestra primera parada en un itinerario que terminará con la misma cerrada noche que en este momento nos acoge. El espacio y los asientos son apenas suficientes para dar cabida a todos, en una compacta sala de espera que por momentos se convierte en dormitorio comunitario.

Los rostros de cansancio aprovechan cualquier efímero momento para tratar de rescatar aunque sea alago del sueño perdido, y entre despertar y despertar, la espera se hace un poco menos tediosa.

Luego de casi dos horas, entre pesados pasos y rostros todavía adormilados, comenzamos el abordaje acompañados ya de la mañana que se asoma tímidamente. A lo lejos, la silueta del Volcán del Agua aparece tan claramente a través del despejado cielo, que no cabe duda de que tendremos un vuelo tranquilo y sin contratiempos.

Aquellos pequeños aviones, apenas suficientes para transportar a diecisiete personas; todas tan apretadas, que mover una sola pierna significa golpear con las rodillas del compañero de al lado, parecían más que una aeronave comercial, un transporte militar a punto de partir.

Desde la ciudad de Guatemala, la manera más rápida y eficiente de llegar a Tikal es esta, un vuelo de aproximadamente 45 minutos con destino al aeropuerto de San Benito, en el departamento de Flores. De ahí, una hora de camino por carretera, separan a los viajeros de una de las más importantes ciudades de todo el mundo Maya.

Ya en vuelo, con la cabeza recargada a un costado de la ventanilla, observas el firmamento con los pensamientos concentrados sólo en tu destino. Recuerdas los comentarios, las fotografías, las pláticas de otras personas que ya han hecho esta travesía y que dicen que “es un viaje que vale mucho la pena”, por tanto, no puedes evitar sentir alegría de ser al próximo en lograr conocer Tikal.


Monumentalidad y estética

Debajo de los rayos de un sol que abraza, con el sudor escurriendo por el rostro y el cansancio de una larga travesía a cuestas, observo con detenimiento la imponente imagen de aquella pirámide que durante tanto tiempo había imaginado.

De acuerdo con nuestro guía, la altura del Templo del Gran Jaguar es de 55 metros, pero quizá ese dato resulta lo de menos cuando observas ante ti la imponente imagen de una de las más bellas edificaciones de todo mundo maya, su estilizada y alargada figura, coronada por esa crestería tan característica de esta ciudad, la hacen parecer aún de mayores dimensiones.

Dicen que existen lugares emblemáticos, lugares con los que mucha gente sueña con estar y que muy pocas logran conocer, lugares con una belleza distinta a lo común y con una cierta magia que los hace especiales, Tikal es uno de esos lugares.

Es cierto, quien quiera que conozca algunas de las ciudades mayas más importantes de México, sabrá que todas tienen una belleza muy particular y características que las hace diferentes de sus pares, a pesar de que en algunos casos compartan el mismo período de creación.

En el caso de Tikal, esta diferencia quizá radica en la monumentalidad de sus edificaciones, poco comparables con otros lugares de su tipo, a excepción de Kalak- Mulk, en Campeche, sin embargo, a diferencia de aquella, Tikal goza de una arquitectura un poco más estética, fina y tal vez un menos majestuosa.

A pesar del agobiante sol que cae a plomo sobre todo el valle, decido no perderme la vista desde lo alto de la pirámide, no importando lo difícil que luce la subida, pues a diferencia de lo que ocurre en México, donde se pueden escalar las pirámides usando sus propias escalinatas; en Tikal han habilitado escaleras de madera a un costado de las estas, que en muchas ocasiones resultan difíciles de subir debido a su escasa inclinación.

Hacen falta algunos minutos y una buena condición física para lograr la empresa, pero la recompensa bien vale el esfuerzo. La imagen de la Acrópolis iluminada por el sol de la tarde, con sus estelas al pie de los edificios y el templo del Gran Jaguar dominando la escena, resulta una composición difícil de olvidar.



Cuando te encuentras allá arriba, con esa imagen frente a ti, difícil resulta que la mente no se pierda en esos juegos de posibilidades que sólo ella sabe hacer y comienzas a elucubrar y a preguntarte, cómo es que estas culturas fueron capaces de edificar tal portento de ciudades en un lugar como este.

Desde lo alto del edificio principal, la vista es tan imponente como en muchas otras antiguas ciudades mayas, un interminable mar de vegetación que inunda todo de un intenso color verde, y en la cima, una tranquilidad pasmosa que sólo se rompe cuando una leve brisa comienza a golpearte la cara.

En medio de ese momento de reflexión involuntario, mi atención se concentra en una imagen conocida pero vaga, una imagen de esas que no sabes por completo de donde viene, pero tienes muy presente. La imagen es la de dos de estas antiguas edificaciones que se levantan en medio de la selva con su crestería dominando en todo lo alto.

Pero por más que mi mente daba vueltas, no lograba recordar cómo o en qué momento había registrado esta imagen tan nítidamente. La respuesta llegó involuntariamente cuando nuestro guía explicaba a otro compañero que Tikal había sido locación de varias películas, entre ellas, uno de los tres primero episodios de las Guerras de Las Galaxias.

Fue ahí cuando mi mente recordó que efectivamente, a aquella imagen sólo le faltaban las dos pequeñas naves de combate atravesando el cielo a toda velocidad y perdiéndose en el horizonte. Y es que si se mira con detenimiento, los techos en forma triangular de los edificios de Tikal, bien podrían pasar por un escenario extraterrestre.

Luego de unos minutos, habiendo recobrado las fuerzas, decidimos emprender el camino de regreso, el atardecer estaba a punto de comenzar y esa era la señal que no sindicaba que aún no faltaba un largo camino de regreso.

Emprendemos la marcha, y justo antes de dejar atrás la última pirámide, justo en el punto donde comienza al camino de terracería que te conduce a la salida, un solitario viajero echaba una última mirada a aquel lugar de las misma manera en como yo lo hice unos minutos antes, con un cierto dejo de nostalgia y alegría y con la incertidumbre de no saber si algún día regresaras.

Al menos ahora sé que no fui el único al que este lugar conmovió y que tampoco fui el único que aprovecho para despedirse del verdadero corazón del mundo maya.




Cómo llegar

Para llegar a Tikal, es necesario tomar un vuelo interno desde la ciudad de Guatemala que dura aproximadamente 45 minutos y tiene un costo de entre 220 y 240 dólares ida y vuelta; partiendo a las ocho de la mañana y regresando a las 7 de la noche.

Dónde comer

Dentro de la zona arqueológica existen dos pequeños restaurantes que te permiten comer sin tener que perder mucho en trasladarse y utilizar ese tiempo en recorrer el sitio con un poco más de calma. Aunque su menú es limitado, son sitios limpios y agradables.

Dónde hospedarse

Para visitar Tikal existen dos posibilidades de alojamiento, si tu intención es hacer un recorrido de un solo día, puedes tomar como base de operaciones la Ciudad de Guatemala, desde donde parten los vuelos hasta Tikal. Pero si quieres destinar aún más tiempo, lo más recomendable es llegar a Flores e instalarse en alguno de los pequeños hoteles que abundan en la zona para poder permanecer en la zona y trasladarse con mayor facilidad.




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Baja Sur. De Puerto en Puerto y de Pueblo en Pueblo

A pesar de no figurar con tanta fuerza como otros destinos turísticos, Baja California Sur tiene mucho que ofrecer. Más allá de Los Cabos; playas, pueblos mágicos, buceo y una excelente gastronomía, son las razones para visitar este bello estado

Édgar Rogelio Reyes

peon_e3@yahoo.com.mx

Son casi las once de la noche y arribo al puerto de Topolobampo dispuesto a comenzar un viaje largamente pospuesto por Baja California. Tomo el ferri que va desde este punto hasta La Paz, luego de haber pasado algunas horas en El Fuerte, ese Pueblo Mágico de Sinaloa del que tanto me habían hablado y que se convirtió en la primera parada de una ruta poco convencional.

Ahora, me espera una travesía de seis horas hasta el puerto de La Paz, donde arribaré a la mañana siguiente para continuar con mi recorrido. Al desembarcar me encuentro con una pequeña ciudad de la que poco se habla, pero que resulta interesante conocer por los muchos atractivos que ofrece como su gastronomía, sus playas y sus pintorescos pueblos.

Una vez instalado rento un auto y trazo una ruta tentativa que me llevara a recorrer muchos lugares cercanos, la primera parada, Todos Santos.

Todos Santos es uno de esos sitios que quizá goza de más fama de la que debería, pero hasta no conocerlo no lo puedes comprobar. Luego de un recorrido por carretera de poco más de una hora llego a un pueblo casi perdido entre el desierto y las montañas; de pequeñas construcciones que no rebasan los tres pisos de altura y una vida aletargada y casi inexistente que por momentos te hace pensar si no se trata de un pueblo fantasma.

Aquí el mayor atractivo es el mítico Hotel California, una construcción de dos plantas estilo mexicano que se dice sirvió de inspiración para componer la legendaria canción del grupo Eagles que lleva el mismo nombre.

Al caminar por sus inclinadas calles, algunas de ellas todavía de terracería, da la impresión de que Todos Santos tiene un aire profundamente melancólico, como de aquellos lugares que no se sabe si están vivos o muertos. Será eso uno de sus atractivos?

Un lugar tan pequeño que una hora bastaría para darle varias vueltas y salir de él sin siquiera proponértelo. Un lugar que parece cobrar vida sólo cuando llegan los grupos de turistas americanos en busca de ese aire de antiguo pueblo al que ellos hace años tiempo de acostumbrarse.

Todos Santos atrae por sus calles de arcilla y sus mañanas apacibles casi olvidadas; por su nostalgia en donde hasta las imágenes de los mártires que adornan algunas de sus calles, parecen haberse resignado a pasar desapercibidas para la gran mayoría. Un lugar para amantes de la melancolía y fugitivos de las muchedumbres, que atrae o no, todo depende de los gustos y el ánimo de cada quien.

Como el día ya se ha ido decido pasar la noche aquí y dejar para la mañana siguiente el regreso a La Paz. Una vez con los rayos del sol nuevamente como aliados emprendo un regreso tranquilo a la Paz, pero esos imprevistos del destino me hacen cambiar el rumbo y dirigirme hacia Los Cabos.

Tomo el volante y me dirijo a uno de los centros turísticos más famosos de México. Decido ir a disfrutar de sus playas y su ambiente cosmopolita para olvidar un poco la excesiva tranquilidad de Todos Santos. Luego de cuarenta minutos de camino, llego a San José y abandono el auto para dirigirme a la marina.


Ya había estado antes en este lugar, pero nunca me había tomado el tiempo de disfrutarlo verdaderamente, de modo que decido contratar un tour rápido que me lleve hasta el famoso arco y las playas que ahí se encuentran. Un recorrido rápido pero suficiente para disfrutar las bellezas que la naturaleza plasmó en este lugar y adquirir un poco de relajación

Después regreso con la intención de comer algo y disfrutar un poco más del eterno movimiento de este centro turístico. Me decido por uno de los restaurantes más populares que se encuentran a la orilla de la playa. Ahí, además de los locales asisten cientos de turistas, principalmente americanos, quienes disfrutan de sus alimentos y se dan tiempo para tirarse despreocupadamente al sol.



De Todos Santos a Los Cabos

En definitiva, Los Cabos es un lugar diametralmente opuesto a los demás destinos que ofrece Baja California Sur. Aquí el ambiente es festivo, cosmopolita y despreocupado, en donde los líderes son principalmente los jóvenes turistas que participan de los juegos, los bailes y de todas las actividades que este destino les ofrece. Ya sea un paseo en velero o un divertido rato en una moto acuática.

Aquí, el simple hecho de sentarse a tomar una cerveza es una tarea divertida, pues personas de varias partes del mundo concurren a este lugar: idiomas distintos, cuerpos esculturales y otros no tanto; música y mucho colorido es lo que caracteriza a una buena temporada en Los Cabos, de modo que decido disfrutar de la atmósfera y deleitarme con un buen plato de mariscos.

Pero como esta salida no estaba planeada, justo al caer la noche el regreso es casi obligado, de modo que emprendo nuevamente el regreso a Todos Santos, un punto intermedio entre los Cabos y la Paz, para reanudar mi marcha al día siguiente.

El Triunfo y la batalla por no morir

Dejo el Hotel California con los primeros rayos del sol y me dirijo a El Triunfo, otro pequeño pueblo de esta región al que me recomendaron ir si el tiempo me lo permitía. Un rápido desayuno en la carretera en un restaurante típico de esta área y continúo mi trayecto.

El Triunfo es una historia parecida a la de Todos Santos, un diminuto pueblo enclavado en la sierra, en un lugar en donde no pensarías que alguien puede vivir, pero existe. Este lugar fue un importante pueblo minero a finales del siglo XIX que durante muchos años fue prácticamente olvidado y hoy en día vuelve a estar en el mapa gracias a los turistas que lo visitan.

En su época de apogeo, por allá de los últimos años del porfiriato, esta comunidad llegó a tener hasta 15 mil habitantes y se convirtió en uno de las localidades más prósperas de la época, gracias a las minas de plata que se encontraban en sus alrededores y que atrajo literalmente a personas de todo el mundo en busca de fortuna: ingleses, chinos, americanos, polacos; todos llegaban aquí para probar fortuna.

Hoy es un pueblo muy pintoresco de sólo 400 habitantes que intenta no morir víctima de la inmigración y el abandono de sus propios pobladores. Aún quedan las antiguas tinajas donde se realizaban las labores de las minas y las chimeneas que formaban parte de las fábricas. Ahora hacen de atractivos turísticos en una comunidad en la que parece que el tiempo no importa.

Playas y la Isla Espíritu Santo

Más para escapar de un sol inclemente, que por falta de fuerzas para seguir el recorrido, decido dejar El Triunfo y continuar mi travesía hacia la ciudad, que a decir de los lugareños, no me tomará más de cuarenta minutos. Regreso a la Paz y tomo un descanso antes de ir a la playa.

Dicen que en La Paz es más fácil morir porque te caiga un rayo, que ahogado en una de sus playas. Y es cierto, la pasividad del oleaje en este lugar haría casi imposible un accidente; tanto Pichilingue como la playa Tecolote y las demás playas de esta región, son auténticas albercas, con tan escaso oleaje, que te permiten disfrutar al máximo del mar.

Si bien no son las playas de Los Cabos, este lugar es muy visitado por locales y son un buen sitio para pasar una tarde agradable y disfrutar de una muy buena comida en algunos de sus muchos restaurantes de playa.

Luego de una mañana tranquila me dirijo hacia la marina para embarcarme nuevamente en una aventura. Una visita a la Isla Espíritu Santo, el hogar de una famosa comunidad de lobos marinos que se ha vuelto todo un atractivo turístico en este lugar y una de las actividades más recomendadas si se visita La Paz.

Después de una travesía de casi una hora llegamos a la isla; un conjunto interminable de playas rocosas y acantilados sirve como refugio a una comunidad de aproximadamente 350 lobos marinos, los cuales, acostumbrados a la presencia del hombre, permiten que uno nade entre ellos y te puedas acercar casi a tres metros del lugar donde se encuentran retozando.


Ahí están; decenas, quizá cientos de animales tirados al sol. Despreocupados observadores de las lanchas que se acercan con visitantes; gruñen, lanzan sonidos que podrían compararse con ladridos, se arrojan al mar y vuelven a salir para postrarse de nueva cuenta en sus rocas sin que nada les preocupe.

Un espectáculo maravilloso y digno de admirarse tan solo por la belleza de esos animales que ahora también se han convertido en un atractivo para miles de turistas amantes del buceo y la naturaleza.

Nuestro guía nos da las indicaciones pertinentes y nos dice que quien lo desee puede bajar de la embarcación a nadar con los lobos ¡Es seguro! Afirma, y también dice que es una experiencia que hay que vivir.

Lo pienso un poco y me alisto para bajar, no sin antes dudar, pienso en mi seguridad, sin embargo, son mis últimas horas aquí y no voy a perder la oportunidad de tener una nueva aventura que contar, de modo que respiro profundo y me lanzo al agua en espera de que ahí surjan las primeras líneas de esta historia.

Cómo llegar

Si tu intención es hacer una ruta parecida, te recomendamos tomar un vuelo a la Ciudad de Los Mochis (Sinaloa) visitar El Fuerte y embarcarte en el ferri que sale todos los días de Topolobampo a las once de la noche y llega a La Paz a las 5 de la mañana.

Dónde hospedarse

Por ser un destino que está comenzando a abrirse al turismo, La Paz no cuenta con grandes Hoteles de Cadena, pero si muchas y muy buenas opciones de pequeños hoteles como La Concha.

Si se trata de Todos Santos, el Hotel California es sin duda recomendable. Sus habitaciones son acogedoras, con un toque muy mexicano y en general el servicio es bueno.

Dónde comer

¡En Baja se come bien! Así que donde quiera que vayas encontraras buena comida. Pero si estas en Los Cabos te recomendamos The Office, un restaurante de mariscos a la orilla de la playa. En Todos Santos, el restaurante del Hotel California es recomendable y si estás en la Paz el Restaurante Playa Tecolote, ahí la especialidad son las almejas rellenas.

Para no olvidar

Para todos aquellos que aún piensan que viajar en ferry es embarcarse en esos olvidados y obsoletos barcos que hacían dudar de su capacidad de navegar, hay que decir que esos tiempos han quedado atrás.

Hoy en día los ferries son barcos modernos, que además de transportar todo tipo de carga, ofrecen a sus pasajeros comodidades muy parecidas a las de los cruceros, lo cual hace mucho más llevaderos los traslados. Son una muy buena opción para realizar un viaje acompañado de tu auto.

Los precios de embarque son de 770.00 pesos. Los camarotes para uno o cuatro pasajeros van de los 910.00 a los mil doscientos pesos. Baja Ferries es la compañía que opera el servicio

www.bajaferries.com











































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